El Apóstol de Jesucristo en la iglesia de Phoenix, Arizona: una visita entrañable

(Coordinación de Crónica Apostólica) — La visita del Apóstol Naasón Joaquín al templo central de Phoenix, llenó de glorias los atrios de la Casa de Oración, y el corazón de cientos de hermanos que se encontraban en el lugar y llenos de alegría saludaban al padre de familia, que 25 años atrás estuvo, como ministro, al cuidado de ellos, cuando el Apóstol Samuel Joaquín lo envió por primera vez a hacerse cargo de la pequeña iglesia de Arizona, un grupo no mayor de 60 hermanos, pero esta tarde, el Ungido de Dios se sorprendió al saber que actualmente se congregan más de 700 redimidos del Señor, que ya no veían al joven ministro que estuvo a su cargo, sino al Ungido de Jehová, llamado por Dios para estar al frente de este Pueblo, para cuidarlo, embellecerlo y entregarlo al Señor dignamente santificado.

 

Tarde de recorridos por iglesias de Arizona

En este recorrido de reconocimiento y saludo a las iglesias, lo acompañó su esposa, la hermana Alma Zamora, la diaconisa Eva García, dos de sus hijos y su sobrino Abdiel Joaquín y, desde luego, el anfitrión en esta ciudad, el Pastor Jurisdiccional Uzziel Joaquín, encargado de esta grey, quien con gran respeto y reconocimiento a la Elección, le mostró las nuevas instalaciones del enorme santuario a su hermano y hoy Apóstol del Señor. Él se alegró en gran manera al apreciar el avance de la construcción del templo regional del Estado, apreció la enorme cúpula, la nave central, los vitrales que la recubren, el enorme sótano y el mezaanine, que llenó de orgullo al insigne visitante y lo comprometió a volver muy pronto para inaugurar este ícono religioso que seguramente llamará la atención, invitando a la gente a entrar a los atrios de la gracia y conocer el Evangelio.

Antes de salir del lugar saludó a los numerosos trabajadores que laboran en la construcción del templo de Phoenix, a los que dio sinceras palabras de agradecimiento, porque sabe que muchos de ellos no sólo cooperan económicamente para la construcción, sino con mano de obra; apoyo que el Siervo de Dios les reconoció diciéndoles: “¡Dios les pague y prospere!, porque sé que muchos de ustedes, para apoyar esta magna construcción, que será orgullo de la Iglesia y gloria de Dios, han dejado empleos, vacaciones, días de descanso, atención a su familia, paseos y viajes de recreo, para dedicar su tiempo a este arduo trabajo, que no quedará sin recompensa. ¡Dios les retribuirá sus sacrificios!; ustedes están trabajando para engrandecer la Obra de Dios. Lo demás, déjenmelo a mí, yo conmoveré al Señor y Él los bendecirá y prosperará en gran manera pagándoles con creces lo que hacen por amor a su nombre. ¡Dios los bendiga y prospere!”.

Salió del lugar para continuar con su agenda de recorridos de este día. La Iglesia que había acudido a saludarle, pese al calor sofocante, aún se encontraba en los atrios y en las aceras de la casa de oración entonando cánticos de reconocimiento, los niños lo saludaron y lo despidieron con lágrimas, ternura que el Apóstol aprecia, porque son las genuinas manifestaciones de amor de la niñez, al padre de la fe.