El Apóstol de Jesucristo, en una ceremonia de honra, ora por la hermana D. Eva García en el día de su natalicio

(Coordinación de Crónica Apostólica) — Con gran regocijo, la Iglesia del Señor en Guadalajara se reunió la mañana del 15 de septiembre de 2018. Desde temprana hora se comenzaron a escuchar los himnos de los diferentes orfeones presentes: el Coro Infantil de Hermosa Provincia, Coro Mixto de Bethel, Coro de Idiomas, Coro de Ministros, el Monumental Coro Metropolitano de Guadalajara y el Coro de Silentes, que se unieron en las alabanzas al Supremo Creador, mientras ingresaban los hermanos de diferentes partes de la República Mexicana y del extranjero que acudieron a alegrarse con el Apóstol de Jesucristo, Naasón Joaquín García, por el natalicio de la hermana D. Eva García de Joaquín, y a acompañarla en su oración de acción de gracias.

Las iglesias de la Zona Metropolitana de Guadalajara acudieron al culto en el que se presentaría el Apóstol del Señor y, junto con los hermanos de Hermosa Provincia y de Bethel, lo acompañarían a orar a Dios, por conceder un año más de vida a la hermana Eva. Entre tanto el PD. Rigoberto Mata presidió la consagración, y durante la explicación mencionó las bendiciones otorgadas por Dios, disfrutadas el pasado mes de agosto, y para ello invitó a cantar el himno 234, Grandes bendiciones tengo yo a tu lado, sentir que también los hermanos del Coro transmitieron con el himno: Contigo estoy tan feliz, que elevaron después de la lectura del salmo 8 y de orar por el Apóstol de Jesucristo.

Mientras esperaban la llegada del Padre de la fe, el hermano Rigoberto comenzó la disertación con la Primera carta a los Corintios, 2.9-13: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó… son las que Dios ha preparado para los que le aman…. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas con sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual con lo espiritual.”

Subrayó la importancia de conocer, a través del Espíritu, la Gracia que Dios ha ofrecido a la Iglesia, conocimiento que ha venido por la enseñanza apostólica, que en todo procede conforme a la voluntad divina. Uno de sus preceptos es la honra, pues dice el Señor: “Yo honraré a los que me honran” (1 Samuel 2.30 y Salmo 15:4), siempre bajo la autoridad del Apóstol. Destacó el testimonio de la hermana D. Eva García, que desde su juventud demostró ser una mujer temerosa de Dios.

En ese momento el sonido de las trompetas anunció la presencia que la Iglesia anhelaba con suma alegría. Eran las 11:25 de la mañana cuando entró el Ungido del Señor, entre las exclamaciones y saludos reverentes de los hermanos, mientras se escuchaba el himno: ¡Hosanna, hosanna!

 

“Vosotros sois los soldados, los batallones de Jehová de los ejércitos”

Después de la oración de reconocimiento al Creador, las voces del coro de unieron en una bella alabanza: Eres mi esperanza, cuyas estrofas hacen mención de lo que significa un Siervo de Dios: roca fiel en la tribulación, refugio del pueblo que lo ama, salvación en este mundo cruel.

Entre las notas que entonaban los levitas espirituales, se escuchó la voz del Apóstol de Jesucristo enunciando que: “de las acechanzas de los enemigos, el Señor libró con un propósito: seguir siendo consuelo para la Iglesia, para salir en defensa de su fe, proteger su ánimo espiritual y guiarlos a la Vida Eterna”, y agregó categórico. “Por la gracia de Dios, soy lo que soy, y la gracia que él ha puesto en mí, no ha sido en vano. Esta bendita Gracia ha sido en favor de ti, bendita esposa de Cristo.

”Alegría a los que temen a Jehová”, cantaron los hermanos, a lo que respondió el Siervo de Dios: “Vosotros sois la más hermosa dicha, sois el ejército de Dios… sois los soldados, sus batallones, porque vosotros, Iglesia del Dios Vivo Columna y Apoyo de la verdad, sois la alegría, la sal de este mundo, sois La Luz del Mundo”.

 

Alegría para alabanza a Dios

Al término del cántico, el Apóstol de Dios hizo referencia a la Escritura: ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas (v. Santiago 1.13), dijo que ese estado de felicidad inundaba su corazón, en agradecimiento al Señor por otro año más de vida que le concedía a su madre, pues como todo ser humano que se alegra en festividades semejantes con sus parientes y seres cercanos, así también se sentía él, al ver la salud de la hermana Eva, feliz por la ayuda que Dios le prestaba para ser fiel a la Elección. Señaló que esa alegría no era para alabanza de ella, sino para gloria al Supremo Creador, por lo que invitó a entonar con júbilo el himno 404 ¡Oh, qué felicidad ya siento en mi alma! Dijo que si el templo y las calles aledañas se encontraban pletóricos, era con el fin de compartir ese sentimiento de gozo con él y agradecer a Dios. Para hacerlo les pidió entonar el canto con el corazón, pero también con el entendimiento, para comprender la bendición de Dios y el por qué de ese sentimiento de gozo.

Toda la Iglesia al unísono elevó el cántico en reconocimiento a Dios. A su vez con las palabras del himno, el Ungido del Señor aludió el pasaje de aquel eunuco que se deleitaba en la lectura del libro de Isaías, “pero cuando llegó Felipe y le preguntó: ¿entiendes lo que lees?, respondió con sinceridad ¿y cómo podré si alguno no me enseñare? (v. Hechos 8.26). En la actualidad la enseñanza, a través del Espíritu de Dios, nos dice que si hay alegría, canten salmos, sentimiento que la Iglesia comparte, pues apenas un mes atrás gozamos la comunión con Cristo, por lo que no había amargura, ni odio, todo lo contrario, nuestra copa, rebosa de alegría”, -manifestó el Apóstol-, “pues la fe está fundida en su Palabra, como dice el canto, la Palabra de Dios, de Cristo…”.

Retomó las palabras de la oración que elevó Jesús a su Padre: “Santifícalos en tu verdad, tu Palabra es verdad”. (v. Juan 17:17) y agregó esta Palabra es la que ha fundido una fe auténtica, genuina, que ni vientos, ni turbión podrán arrancar, pues el amor de Cristo mora en las almas. Destacó lo que significa el amor de Cristo: “Es nuestra alegría, nuestra felicidad, consuelo, seguridad, protección”. Aseguró la presencia de Dios en los suyos, desde el 6 de abril de 1926, cuya fe vino a morar en la primera creyente, que fue la hermana Elisa Flores, diaconisa de la Iglesia, hasta el presente, donde Dios sigue permaneciendo con su pueblo. Afirmación que la iglesia ratificó con seguridad y certeza, bendiciendo y alabando su nombre. Acción de gracias que no se esconde ni oculta, pues explicó que hay diferentes frutos que se manifiestan en el ser humano, los frutos de la carne y los del espíritu. Los frutos del espíritu sólo se declaran en aquellos en los que habita Dios.

Como antítesis señaló los frutos de la carne: odio, ira, contiendas, pleitos, desprecios, venganza (vid. Gálatas 5.19) sentimientos carnales que abundan en el mundo porque no tienen a Dios en sus corazones. De éstos recordó a los hombres que llegaron ante el Maestro a presumir su autenticidad como pueblo de Dios, pero que buscaban desvirtuar el proceder limpio de Jesús y opacar su palabra con una supuesta legitimidad: “Nosotros, hijos de Abraham, somos” (v. Juan 8.39), pero el Señor les hace ver quién era su verdadero padre, pues sus obras muy lejos estaban de ser como las de Abraham, Isaac, Jacob, o de hombres perfectos con el temor de Dios. Virtud que sus descendientes fueron perdiendo a través de los años, donde quedó solo un linaje carnal. Por ello el Señor Jesús los imprecó diciendo: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer…” (v. Juan 8.44)

Aunque en lo humano descendían del profeta Abraham, el Apóstol de Dios reiteró que el Señor los calificó de hijos del diablo, por la forma en que se dirigían a él con odio, con desprecios, vituperios, con maldad, con saña, la misma que mostraron cuando exigieron a Pilatos: ¡Crucifícale, crucifícale! Sus obras dieron testimonio de quién realmente descendían, quien moraba en sus corazones, caso contrario de un Hijo de Dios, el cual no puede sentir odio, ni rencor, ni coraje hacia el prójimo.

Expresó que los enemigos de hoy muestran esos sentimientos carnales, peleando contra él y contra la Iglesia con odio, incluso con insultos buscan opacar la Obra perfecta de Dios, que se manifiesta al mundo entero. Ante esos ataques, declaró que su lucha y su defensa es con amor, a través de la palabra puesta por Dios en sus labios, para cimentarla de tal modo que no sea movida ni por vientos, ni turbiones, en alusión al himno entonado. “Ni la desnudez, ni el hambre, ni lo alto, ni lo bajo, nos va apartar de este amor del cual hemos sido inundados ¿o no está tu alma inundada de este amor? ¿No brinca, hasta el día de hoy, tu alma llena de alegría al escuchar una vez más en el cielo una voz que decía: estos son mis hijos amados en quienes tengo toda mi contentamiento?”.

Exhortó a la grey a continuar la lucha con esa palabra espiritual del reino de los cielos, palabra eterna, palabra del amor, como la Iglesia lo ha hecho, dando testimonio de quién es su Padre, por medio de sus obras, cuando los niños salen a predicar, los jóvenes visten con honestidad, los hermanos salen a las plazas a anunciar, los ministros cuando testifican de Cristo y bautizan en su Nombre. Obras que manifiestan que son de Jesucristo, que proceden de Jehová de los Ejércitos, quien también hace entender a sus hijos que existe una obra que él mismo autoriza llevar a cabo: “Al que tributo, tributo; al que respeto, respeto; al que honra, honra”.

Ante ello, advirtió que los hijos del diablo no iban a estar tranquilos ese día, comenzarán con sus intrigas a vituperar, puesto que de sus labios no puede salir nada bueno, ya que su corazón como su mente proceden de su padre. En contraparte, explicó que los Hijos de Dios se ven impulsados por la Palabra, y por ello se encontraban presentes ese día para honrar a una diaconisa, que fuera de gran ayuda al apóstol Samuel Joaquín y en los años del ministerio de la Nueva Era, continuaba con esa hermosa labor.

En ese tenor, recordó a la hermana Elisa Flores; ejemplo de sencillez, cuya casa fue proveedora de los necesitados, que cuidó, atendió, apoyó a su compañero y él también la honró. Todos aquellos que conocieron al hermano Aarón atestiguaron que fue cierto, pues el mismo apóstol dio testimonio de cuánto ella fue su ayuda. Así mismo la enseñanza del apóstol Samuel Joaquín, quien honró a la hermana Eva por su trabajo; ya que a través de su vida, de su conducta y fidelidad ella ha honrado a Dios.

Ante el pensamiento de quienes creen que esa obra no es de mucho mérito, el Ungido del Señor dijo que todos son conscientes de lo difícil que es no dejarse llevar por el mundo y las pasiones de la carne, porque las debilidades están unidas al cuerpo material, pero es la fe, fundida en la Palabra, la que fortalece para no ofender a Dios. En esta lucha espiritual, cuando la fe vence, hay una enseñanza: honrar a quien con su conducta honra a la Iglesia y a Dios.

Para ilustrar lo dicho, señaló las diversas clases de honra: la que se da a los jóvenes que se unen en matrimonio, se les canta una alabanza y se ora por ellos. Cuando tienen un hijo dentro del orden establecido, viene otra honra para los padres y su simiente. A los que vencen al mundo, a través de la Palabra, y bajan a las aguas bautismales, también hay una honra, se les da la bienvenida como hermanos; lo cual no significa que ya son perfectos, pues aclaró que mientras estén revestidos de esta carne, no se puede decir que son libres de pecado. Del mismo modo en las iglesias se honra y se tiene en estima a los que han servido en el coro, a los hermanos que perseveran o los obreros, por su esfuerzo en la labor de llevar la Palabra de casa en casa.

Honra que conlleva alabanza y una oración específica para cada situación y que en ningún momento implica adorarles, como en el caso presente, en que tampoco se adora a la hermana Eva, ni se le pida su intervención como si fuera alguien divino. Reiteró que parte de la honra es orar para pedirle a Dios, en este caso, que la sigua bendiciendo, para desearle parabienes en dicha y felicidad. Momento en el que el Ungido del Señor invitó a pasar al frente a la hermana diaconisa para honrarla, en enseñanza apostólica no solo de los Siervos de Dios en el tiempo de la Restauración, pues en la Iglesia primitiva los apóstoles honraron a varias mujeres por sus obras. Igualmente en la antigüedad se bendijo y honró a otras tantas, entre ellas mencionó el ejemplo de Jael que en un acto heroico en contra del enemigo del Ungido de Jehová expresó: “Bendita sea entre las mujeres, Jael…sobre las mujeres bendita sea…” (v. Jueces 5:24)

Así él se acercó a la hermana Eva, para bendecirla y elevar su oración a Dios en favor de ella, pedir por su salud, solicitar que alargue su vida y sea su ayuda en la continuidad de su trabajo en la Fundación, que desde hace varios años ha sido de alegría al Ministerio apostólico, bajo el cual se ha sujetado para hacer su labor, pues recibió una hermoso ejemplo de amor, de entrega, de esfuerzo y sacrificio en favor de la Iglesia, de parte del su compañero, el apóstol Samuel Joaquín; ejemplo con el cual ella ha seguido colaborando en la administración del apóstol Naasón. “Que su vida quede como un hermoso ejemplo, principalmente a las mujeres, para que vean ellas que no son diferentes a los hombres en la Iglesia, que también vosotras, vuestros hechos, vuestros actos, vuestro bien obrar, queda en memoria de Dios, también a vosotras Dios les promete la Vida Eterna si perseveráis en el bien hacer”.

En tanto que el Coro Metropolitano de Guadalajara entonaba el canto: Dios le guarde feliz, la Iglesia se unió en esa plegaria del apóstol de Dios, quien descendió hasta la hermana Eva a impartirle su bendición, acompañado del mismo sentir de todos los presentes.

“El Señor le bendiga”, fue la última frase con la que terminó el Coro su canto, frase que reiteró el Ungido del Señor, quien agradeció a la Iglesia por unirse en su oración a Dios, acción de gracias que hubiera hecho aunque haya estado solo con la hermana Eva, ya que fue enseñanza apostólica agradecer de todo y por todo al supremo Creador. Testigo de ello fueron las Iglesias donde él estuvo ministrando, que lo vieron a muy temprana hora agradeciendo a Dios, incluso se fueron adhiriendo a su oración de gratitud.

En ese reconocimiento y para concluir la reunión, invitó a adorar a Dios por todo lo recibido, por la vida, el trabajo, la salud y protección y por el amor del Señor y Redentor Jesucristo. Así en ferviente oración, la Iglesia se volvió a unir al Apóstol y junto con él adoraron a Dios. Ya para retirarse del ministerio exhortó a la Iglesia, a no olvidar a los hermanos que ministran en la iglesia, que se les tenga en respeto y honra, conforme a la enseñanza apostólica. “Y así, esto que abunda en nosotros, en amor, en felicidad, en alegría, en comunión, sigamos adelante de triunfo en triunfo, que Dios, que Jesucristo sigue estando con nosotros. La paz de Dios os siga acompañando y la bondad y el amor de Jesucristo siga gobernando en vuestros corazones. Dios los bendiga en el nombre Cristo Jesús”.

Mientras el Apóstol del Señor salía del sagrado recinto, seguido por la hermana Eva, se escuchaba el himno: la Iglesia del Dios Vivo marcha, entre las glorias a Dios de los hermanos que lo saludaban deseándole bendiciones y expresando su reconocimiento a la Elección. Luego desde el balcón de la casa Apostólica, acompañado de su madre, saludó a los hermanos que se encontraban en las calles que circundan la colonia, agradeció la presencia de la iglesia en la celebración material, pero también espiritual, por el año que Dios le permitió a la hermana en Cristo, diaconisa Eva García de Joaquín. Con la autoridad apostólica, extendió la libertad de honrarla si deseaban hacerlo a través de un saludo.

En cuanto a la conmemoración cívica, exhortó a la Iglesia a que como pueblo de Dios cumpliesen el mandamiento de honrar los lábaros patrios, y de celebrar las fiestas patrias, pero siempre dentro del conocimiento de un hijo de Dios, en la libertad concedida por el Padre, no en el libertinaje, alegrándose en el orden, para que los ajenos a la doctrina, sean testigos de sus buenas obras y digan: verdaderamente pueblo de Dios es este. “Dios te ayude y te bendiga”.