«Cada ministro y miembro de la Iglesia será recordado por su trabajo: sus obras, una luz que brilla y se perpetúa a la posteridad»: Apóstol Naasón Joaquín

(Coordinación de Crónica Apostólica) — El sábado 28 de julio, cuando el reloj marcaba las 4:28 de la mañana, el Apóstol de Jesucristo, Naasón Joaquín García, salió de su casa con dirección al templo de la colonia Hermosa Provincia, en Guadalajara.

En su trayecto al recinto sagrado, saludó al Coro de adolescentes, quien se encontraba en la Glorieta Central, así como a los hermanos que se dieron cita esta mañana —algunos provenientes de algunas iglesias de la Zona Metropolitana de Guadalajara—. «Dios les bendiga, hermanos», expresó el Apóstol a sus hijos en la fe.

Al llegar al interior del templo, se encaminó a su oratorio, en donde elevó su plegaria al Creador. Acompañaron al Apóstol de Jesucristo en su oración, seis pastores y un numeroso grupo de diáconos y encargados, además de la Iglesia congregada. Durante este acto sublime, el Orfeón de Hermosa Provincia entonó diversos cánticos: «Contigo estoy tan feliz» y «En mi alma hay quietud», entre otros.

Al término de su plegaria, el Apóstol del Señor saludó a los integrantes del Coro y salió de la Casa de Oración. Al dirigirse a la casa apostólica, a su paso saludó a los hermanos que le acompañaron esta mañana, a los que se encontraban en el interior del templo, el atrio y la Glorieta Central, que circunda el templo sede internacional de la Iglesia La Luz del Mundo.

 

​De gratos recuerdo​s,​ los hermanos que ​buscan gloria, honra e inmortalidad

En la puerta de su casa, el Apóstol Naasón Joaquín dejó una instrucción a sus colaboradores: «Cada hermano que busca ser útil en las manos de la Elección, han dejado huella. Se recuerdan por su solicitud y ayuda. Y si aquí se queda un recuerdo agradable de cada uno de ellos, ¡imagínense la recompensa del Señor! Por eso siempre es bueno buscar la forma de estar ayudando, colaborando, sirviendo, ser útil… de no ser ‘uno más’».

Enseguida, recordó una cita del Apóstol Pablo: «Vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad» (Romanos 2:7), y comentó lo siguiente: «No es malo cuando, con humildad, el hermano busca gloria, honra e inmortalidad. ¿Es malo buscar gloria?, no. No me refiero a la gloria del mundo ni tampoco a la vanagloria, que son conceptos muy diferentes. La vanagloria se manifiesta cuando hay un egocentrismo en el hermano, cuando dice: ‘Nada más yo soy…’, queriendo opacar el trabajo de los demás para que solamente sea él el que resalte. Cuando realmente se busca la gloria, hago mi trabajo lo mejor que puedo. Para que dónde se me puso pueda trascender, pueda brillar mi luz, mi trabajo».

Recordó a los hermanos antiguos a quien conoció: Pablo Valdés, José Chávez, Ignacio Castañeda, Rodolfo Alvarado, entre otros; así como a la primera generación de hermanos en la época de la Restauración: Aurelio Torres, José Garibay, Jesús Pardo… Y destacó que cada quien, en su área, es recordado por las nuevas generaciones y se toman como ejemplos de vida.

El hermano D.E. Jesús Pardo, ministro en Aguascalientes, expresó: «Apóstol del Señor: que su oración nos sostenga siempre con humildad, pero sirviendo con gallardía, para salir adelante». Los ministros asintieron como un solo hombre: ¡Amén, así sea! Enseguida, el Siervo de Dios asentó: «No es malo buscar la gloria de Dios; sin embargo, la gloria de Dios no se encuentra opacando a los demás, para que solamente se vea mi ‘brillo’. En lo personal, debemos centrarnos en nuestro trabajo para que brillemos, independientemente si los demás brillan o no. Cada quien brilló en el trabajo que le tocó realizar: ¡ahí brilló! Y el brillo de cada uno de ellos ha hecho una hermosa historia de nuestra Iglesia, de nuestro Pueblo. Esos hermanos han trascendido, y cada miembro de la iglesia que también ha buscado trascender, busca su gloria»

En este sentido, el Apóstol de Jesucristo expresó que el brillo de cada hermano es en todos los niveles de la Iglesia, incluidos los hermanos más sencillos: «Hay miembros que en su granito de arena, dejaron también su brillo», expresó. Trajo a la memoria el testimonio del hermano Silverio, un hermano de la tercera edad que, en su sentir, día a día, a partir de las 3:30 de la mañana, barría la glorieta central y las calles aledañas, y regaba los jardines de la colonia. Se le recuerda porque siempre se le escuchaba cantar las alabanzas: «Al amanecer de una hermosa mañana» y «Antes de romper el alba».

Recordó dos ejemplos más, que le tocó atestiguar en su infancia: el hermano David Muñoz, quien durante décadas fue el encargado de los niños en la colonia Hermosa Provincia de Guadalajara. Un hombre que, con el celo de Dios, instruía y corregía a los niños, pero siempre con el sentido de la justicia. Quien lo conoció, sabía que era también un hombre alegre, que sabía convivir con los demás. Un numeroso grupo de ministros —entre pastores, diáconos y encargados— lo recuerdan con particular afecto.

Otro testimonio, el de la hermana «Martita», una mujer de la tercera edad, que regularmente portaba un reboso. En su celo de Dios, exhortaba a las hermanas en la colonia Hermosa Provincia a la honestidad —tanto en el vestir como en el hablar—, invitándolas invariablemente a practicar una vida piadosa (v. Tito 2:11-12); con palabras sencillas, pero llenas de virtud de Dios, animaba a servir a Dios decentemente y con orden. Su recuerdo quedó a la posteridad y su testimonio fue una luz que brilló en una generación, pero que pervive en la historia de la Iglesia contemporánea.

 

«Una huella muy hermosa nos dejaron nuestros antecesores, en todos los niveles»

En este tenor, el Apóstol reanudó su magistral enseñanza: «Cada uno de nosotros tenemos un brillo, por lo tanto hay que brillar. Y ahí, donde Dios nos permita estar, ahí debe manifestarse nuestro brillo. Parece que las obras de estos hermanos sencillos se olvidaron, pero no es así: continúan vigentes en nuestro recuerdo. Su trabajo, su labor, su obra… después de muchos años de haber dormido en Cristo, aún se recuerda, porque nunca mueren: en cada plática salen a relucir. Sin duda, cuando los jóvenes salen a regar los jardines en Hermosa Provincia, algún antiguo les contará el siguiente testimonio: ‘Hace años hubo un hermano llamado Silverio, que a temprana hora regaba las plantas y barría las calles aledañas al templo…’. Eso poquito que hicieron fue una luz: fueron lamparitas prendidas».

Trajo a la memoria los reconocimientos apostólicos que cada año se otorgaban a los miembros del Coro de Hermosa Provincia, por antigüedad, perseverancia y fidelidad. Estos estímulos provocaban en los miembros del Orfeón, que cada día su servicio a Dios cobrara renovado ánimo y alegría, con un espíritu de perfeccionamiento. «Buscaron trascender en lo humano, procurando las cosas de arriba, y todo lo que necesitaban, Dios lo iba añadiendo. Estos hermanos fueron y vivieron felices en sus vidas».

Recordó el testimonio de diversos hermanos, entre ellos el del hermano Ángel Rodríguez, quien fue el primer director del Coro de Hermosa Provincia, así como de la hermana Rosaura Martínez, quien a pesar de su avanzada edad, cantó con entereza y buena disposición hasta el último aliento de su vida —por obvias razones, faltaría espacio para mencionar a todos y casa uno de los hermanos antiguos que `brillaron’ con su luz y cuyo ejemplo trascendió para testimonio de las nuevas generaciones—.

Enseguida, dirigió esta enseñanza al Cuerpo Ministerial: «Aún en los ministerios o responsabilidades, cada ministro será recordado por su trabajo, entusiasmo y dedicación con que trabajó. De la misma manera, los miembros de cada iglesia que, aunque sencillos, al paso de los años siguen siendo recordados por su luz». Para robustecer lo anterior, recordó el testimonio de Cornelio, cuando el ángel del Señor le dijo: «Tus oraciones y tus limosnas han subido para memoria delante de Dios» (Hechos 10:4)., y enseguida explicó esta cita: «Aún las oraciones de Cornelio habían llegado ante la presencia de Dios… Esto quiere decir que no es vano lo que hacemos. Si entre los hombres quedó en su memoria, ¡imaginémonos delante de Dios!

 

La Iglesia crece en número, en fe y en conocimiento

«Yo sé que todo lo hacemos con alegría, pues siempre los hombres de Dios nos han enseñado a procurar hacer el bien y a ser limpios. Su enseñanza siempre ha trascendido, pero así como la Iglesia crece en número, también crece en fe y en conocimiento. Se perfecciona cada día en la sabiduría de Dios, y hoy, más que nunca, vive con mucha alegría. Cada miembro de la Iglesia trasciende en el momento en que los estamos viendo salir a predicar y dar testimonio de su fe. Hermanos que no se quedan en sus hogares. Incluso, en algunos casos, es la misma iglesia la que impulsa al ministro a salir a predicar por las calles. Por lo anterior, es muy bonito brillar.

«Pero la fe no es una ni única en el momento en que nos bautizamos: la fe es perfeccionable, no se estanca. Por eso dice el Espíritu de Dios: ‘Conforme crezca vuestra fe seremos muy engrandecidos entre vosotros…’ (v. 2 Corintios 10:15), y ‘el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo’ (v. Filipenses 1:6)…». Destacó que el hermano nunca podrá hacer todas las obras de Dios, pero las obras que cada uno haga las puede perfeccionar: «Nuestra actitud, nuestra conducta, nuestras obras… cada día se irán perfeccionando.

«Una huella muy hermosa nos dejaron nuestros antecesores en todos los niveles: en el Cuerpo Ministerial y la membresía. Y yo lo digo en mi lugar de dignidad: en mis consiervos los Apóstoles. Por eso, cuando Dios me da esta dignidad y esta gracia, siendo el último de sus hijos, no trabajo para ganar el trabajo de mi padre, porque su ejemplo quedó marcado en mi ser. Su ejemplo me está diciendo: ‘No te quedes sentado ni parado’, porque fui testigo de su entrega, su esfuerzo y de su labor incondicional a favor de su Iglesia… Como su hijo, tanto espiritual como material, su ejemplo quedó marcado en mi. Como su Elegido y Apóstol, como su esclavo, este fue el destino que Dios me dio: ¡Trabajar por la Iglesia¡, y lo hago con alegría.

«Decía mi padre: la Iglesia es mi bálsamo, mi medicamento, mi descanso… Y también yo lo siento en cada uno de ustedes. Es muy bonito contemplar en el trabajo de cada uno, el esfuerzo por unirse a mi batalla espiritual, a mi trabajo… Cada quien, desde su área. Como hombres, cometemos errores, pero estos se disculpan, se superan. Cada labor que ustedes hacen en favor de la Iglesia, yo lo estoy valorando. Y hay ocasiones que a algunos de ustedes se les ha llamado la atención, se les ha reprendido, porque ustedes me han dado ese derecho…

«Un error no nos convierte en enemigos ni en elementos malos. Sabemos lo que tenemos que hacer y como lo tenemos que hacer. Solamente el necio quiere volver a caminar por el mismo camino… Pero cuando hay una represión, un consejo, aquel ministro expresa con humildad: ‘Si, Varón de Dios, aquí seguimos adelante’. Al ser hijos de Dios, con la entrega con la que siguen trabajando me están diciendo: ¡Seguimos adelante!, porque son hombres de lucha, guerra, batalla, esfuerzo… Y me refiero particularmente al espíritu varonil que hay en todos ellos, incluidas las hermanas. No estamos acostumbrados a detenernos ni estamos acostumbrados a buscar acepciones, sino a seguir adelante. Y cuando creemos que no se puede avanzar, decimos: ‘¿Pero cómo no?, si el que está conmigo todo lo puede. Si Él está conmigo, lo voy a volver a hacer una, dos, tres veces… hasta que su poder se manifieste’. Y cuando somos más débiles o cuando nos sentimos más ignorantes, en el momento en que aparentemente ya nos podemos más, ahí es donde Dios nos da la fortaleza para seguir adelante».

Antes de despedirse, con una sonrisa esbozando en sus labios, expresó a sus colaboradores: «Dios los bendiga, hermanos».