Crónica de la Santa Cena 2016 — Berea Internacional

agosto 14, 2016
El domingo 14 de agosto de 2016, fecha cumbre de la solemne festividad de la Santa Cena, la Iglesia convocada a conmemorar la muerte del Señor Jesucristo, con la asistencia de más de 550 mil delegados de 53 países, desde las 8:00 de la mañana se aprestaba a consagrarse para participar dignamente de la mesa del Señor, tras siete días de preparación espiritual, encaminados a fortalecer en la concurrencia la devoción, reverencia y respeto a Dios.

 Memorial sagrado de los hijos de Dios

(Coordinación de Crónica Apostólica) — El domingo 14 de agosto de 2016, fecha cumbre de la solemne festividad de la Santa Cena, la Iglesia convocada a conmemorar la muerte del Señor Jesucristo, con la asistencia de más de 550 mil delegados de 53 países, desde las 8:00 de la mañana se aprestaba a consagrarse para participar dignamente de la mesa del Señor, tras siete días de preparación espiritual, encaminados a fortalecer en la concurrencia la devoción, reverencia y respeto a Dios.

 

Devoción, reverencia y respeto a Dios

Son signos de consagración necesarios para recordar el sacrificio del señor Jesucristo y comer el pan y beber de la copa en su memoria, para valorar su obra redentora, el gran amor de Dios al dar a su Hijo por la salvación y alcanzar la comunión de la iglesia con Dios, Cristo y su Apóstol, como lo refirió el pastor Leandro Ramírez Aguayo, en el primer culto de la mañana, en el que aludiendo a la Epístola de invitación del Apóstol Naasón Joaquín García, enviada desde Colonia, Alemania, exhortó a los congregados a cuidar que nada les impidiera participar piadosamente del Sagrado Memorial al que han sido invitados y cuya solemnidad permeaba desde el alba en los cánticos que entonaban los levitas de la Iglesia.

A las 11:00 horas, en el tiempo de meditación, los pastores Sergio Martínez, Jesús Orozco y Job Zamora, invitaron a la iglesia congregada en las sedes y principales  subsedes y al Cuerpo ministerial que asistió a ese espacio de consagración, a que se prepararan debidamente para la sublime conmemoración, cuyo servicio dio inicio a las tres de la tarde, con la mayoría de los convocados, quienes ataviados con vestidos blancos ocupaban los sagrados recintos y glorificaban ante la cercanía del glorioso momento que tanto anhelaban.

 

Mensaje apostólico de Santa Cena en el templo de la colonia Bethel

En el templo de Bethel, en donde los convocados eran de los estados de Veracruz, Chiapas, Tabasco y Puebla, además de los miles de colonos anfitriones y los coros de Zacapoaxtla y de cada entidad hospedada, el hermano P.E. Jonathan Mendoza Medel inició la consagración invitando a la Iglesia a entonar un himno en el que los fieles piden a Dios que les examine el corazón, a fin de alcanzar el estado de limpieza y santidad para participar del Sagrado Memorial de la Santa Cena tan esperado.

A las 3:10 de la tarde, el Apóstol de Jesucristo ingresó al recinto acompañado de algunos pastores de la Iglesia. Al verle, los congregados empezaron a entonar la emblemática alabanza: “Yo soy soldado de Jesús”. El tono marcial  del cántico y  la alegría espiritual que los embargaba a todos, eran elocuentes manifestaciones de que le estaban recibiendo como a un Ángel de Dios.

Cuando les saludó y les dio la paz, el ánimo espiritual se desbordó. Enseguida, expresó: “Ha llegado el día anhelado: día de la libertad, para conmemorar el día de la redención! Me mueve el amor del Padre para que ponga mi vida por ti, porque los amo en el Señor y porque Dios me ha puesto para salvación hasta lo último de la tierra…”.

Y recomendó categórico: “Si tienen hambre y sed de comer el verdadero alimento, aún tienen que esperar un poco hasta la oración intercesora que  elevaré a Dios…”. Para robustecer lo anterior citó el pasaje bíblico de Crónicas 2: 18-30 que refiere cómo el profeta Ezequías convocó al Pueblo de Israel para que celebrasen la Pascua, pero al ver que no todos se habían preparado oró para que Dios fuera propicio a ellos.

Los congregados rebosaban de júbilo al escuchar las palabras del Apóstol del Señor, quien agregó: “Así tu hermano Naasón ha sido enviado por Dios y Jesucristo a favor tuyo, para cuando llegue el momento en que levantaré mis brazos para pedirle a Dios por ti…”. Entretanto, les aconsejó meditar en la obra redentora del Señor Jesucristo y a analizar la condición espiritual de cada uno y suplicar el perdón. Invitó al hermano P.E. Joel Herrera a dar lectura al Salmo 51. Al concluir, los coros se unieron y al unísono entonaron el himno 501, “Si fui motivo de dolor, oh Cristo”.

El Apóstol de Jesucristo reiteró: “Las bodas del Cordero se han preparado y en estos últimos momentos yo te invito a que medites en su Palabra, mientras llega el instante en que Dios escuchará mi oración por ustedes y en que Él confirme y dé testimonio de ti…”. Entretanto, pidió a la Iglesia de la colonia Bethel que abarrotaba el templo, los jardines y las calles de la colonia, convertida en Casa de oración,  que buscaran con lloro y súplica el rostro de Dios acercándose a Él por la puerta de la misericordia, clamándole que fuera propicio, que los perdonara y limpiara de todo pecado. Y agregó: “Lo cual Dios hará porque es nuestro Padre. Su hermano Naasón también le ha orado a Dios para que  te perdone y te haga digno participante”.

El Apóstol de Jesucristo y la Iglesia elevaron una oración ferviente a Dios. Posteriormente, lo glorificaron en una alabanza y después del cántico, el Siervo del Señor se despidió de los hermanos de Bethel dejándoles un ósculo y un abrazo de amor en Cristo. Lo despidieron del recinto sagrado entonando el cántico espiritual: “ Seguro se haya el aprisco”.

 

Mensaje apostólico de Santa Cena en la colonia maestro Aarón Joaquín

“Varón de Dios, nos comprometemos a valorar su intercesión”, era la promesa de adhesión que se leía en el ministerio erigido en la subsede de la colonia maestro Aarón Joaquín, leyenda que se extendía con la expresión de reconocimiento al Ministerio Apostólico de esta nueva era: “Por su autoridad cenaremos esta noche”.  

En ese estado espiritual los congregados aguardaban la llegada del Apóstol del Señor al estadio del Centro Universitario de Educación Superior Hermosa Provincia (CUESHP), ubicado en la colonia Maestro Aarón Joaquín, el punto de reunión de miles de redimidos por Jesucristo, que atendieron la invitación apostólica para participar en el sagrado memorial de la Cena del Señor.

Con gran alegría se instalaron los hermanos y hermanas, igualmente ataviados de blanco, tanto en el interior del recinto como en las calles y avenida aledaña, desde donde se escuchaban las alabanzas al Creador que los Coros de diversas iglesias entonaban para acrecentar la llama del espíritu en el corazón de los congregados; fuego que se manifestó en el gran regocijo que les produjo la entrada del Apóstol Naasón Joaquín a ese lugar después de la consagración, y en donde permaneció unos minutos, los suficientes para llenar de gozo el alma de los presentes.

Invitó a meditar a cada uno sobre el sacrificio del Señor Jesucristo, en cuyo recuerdo se cumple con el mandamiento de celebrar la Santa Cena, glorioso momento que con seguridad todos anhelaban, y por medio de él acceder al trono de gracia.

 

La dignidad de ser invitados al banquete de un Rey

Para conminarlos a valorar la importancia de la oración intercesora, para poder asistir al banquete con dignidad y limpieza, el Apóstol de Jesucristo aludió a la parábola del banquete de bodas, en las que el Rey ordena expulsar a aquellos que no estuviesen vestidos de bodas, y agregó que él terminaría de preparar al Pueblo, de manera que como a la reina Ester, el rey de los cielos lo viera hermoso, condición de santidad con la cual no sólo permitirá que la Iglesia se acerque a Dios, sino que el Altísimo vendrá a estar con sus hijos.

Y agregó: “Dios ha enviado a su hermano Naasón a decirles que los bendiga, porque te has ataviado con las vestiduras de buenas obras… me ha enviado a que te invite; me ha autorizado que extienda su cetro para que tú te acerques con libertad a su mesa y comas…”.

En tanto no llegue ese sagrado momento, aconsejó a los hermanos meditar en la importancia de lo que se estaba celebrando, recordando que tenemos a un Dios infinitamente misericordioso y perdonador, al que invitó a acercarse en oración ferviente. El hermano P.E. Tobías López dio lectura al libro de Isaías 53: 1-12 y  53:13-15.

El Apóstol de Jesucristo invitó a hacer propias las palabras del Profeta y a expresar arrepentimiento por haber ofendido al Señor. La Iglesia, de rodillas, oró. Entanto, los levitas entonaban una alabanza que invitaba a suplicar la oportunidad de poder participar en la Cena del Señor.

El Siervo de Dios expresó: “Es una dicha infinita poder celebrar la Santa Cena… Cuando sea el momento yo enviaré a mis mensajeros con el pan que habré bendecido. Os dejo la paz de Dios y que su Espíritu los dirija, gócense, alégrense y demos gloria al Cordero que murió en la cruz…”. En ese momento partió rumbo al Centro recreativo SJF, en donde miles de jóvenes y señoritas lo esperaban para escuchar su mensaje. Se despidió dejando una estela de bendición entre los congregados, quienes le saludaban a su paso alzando los brazos.

El orden del Servicio presidido por el Pastor evangelista Silverio Coronado continuó con singular fervor, invitando a los ahí reunidos a alabar a Dios, con salmos, cánticos y acción de gracias que brotaban a raudales de los hermanos, que felices de haber visto y escuchado al Apóstol, esperaban el momento de la Santa Cena.

 

Mensaje apostólico de Santa Cena a la juventud de la Iglesia

El tercer lugar visitado por el Apóstol de Jesucristo, en el marco de la solemne conmemoración de la Santa Cena, fue el Centro recreativo SJF, en donde se congregó la juventud de la Iglesia para participar del memorial sagrado, cuyo servicio estuvo presidido por el hermano P.E. Arturo Ramos.

Al concluir la consagración, la alegría se desbordó con la presencia que tanto esperaban los jóvenes. Al tomar su ministerio, el Apóstol del Señor expresó que su alma anhelaba reunirse con ellos para compartirles lo que había observado en la séptima etapa de su gira apostólica, en donde vio la necesidad de obreros, porque la mies es mucha y falta quien le ayude a llevar el Evangelio eterno, quien quiera ser su boca, sus pies y sus manos para llevar el mensaje de esperanza a los que están sin Dios en el mundo.

Expresó con firmeza que al ver la necesidad espiritual de obreros y contemplar a los miles de jóvenes que caminaron desde Bethel a Hermosa Provincia, también se  preguntó: ¿no me dará Dios de estos jóvenes un valiente y osado como Josué, como Caleb o  Nahum? ¿Y entre las señoritas a muchas Jaheles? Enseguida, elevó al Señor su oración y dijo: “Te ruego, Señor, que envíes obreros a la viña. Aquí están estos jóvenes, abre sus corazones para que sean sensibles a la necesidad. Los campos están listos para la siega…”.

Entre palabras entrecortadas por la congoja y movido por la compasión por los que aún no conocen la verdad del evangelio en lejanos países, el Siervo de Dios reiteró que el Señor lo eligió para guiar a su Iglesia. Lo llamó y lo envió a conquistar el mundo para Cristo y le prometió un crecimiento inmenso en su Pueblo, expansión y conquista por la que hay que contender.

En una invitación abierta les preguntó a los jóvenes y señoritas que aún no se han integrado a ningún batallón espiritual: “¿Quién quiere sumarse a esta lucha en la que la batalla es del Señor?, ¿quién vendrá para que su hermano lo envié a los campos de batalla a conquistar almas?”.

Al unísono, los miles de jóvenes y señoritas, con reiterados amén, aceptaban la invitación y levantaban sus manos empuñadas prometiendo servir a Dios en la Obra espiritual. El Apóstol se confortaba en su corazón al escuchar las promesas y con anhelo íntimo agregó: “Dios quiera que yo pueda responder a la pregunta e inquietud de Cristo: ‘¿Pero cuando venga el Hijo del hombre,  hallará fe en la tierra?’. ¡Sí la hallará!, que así sea, amén…

“Yo espero que ustedes empuñen la espada de Jesucristo, que en el ejército de Dios vuestras bocas sean las que lleven mis palabras. ¡Hablo a esta nueva generación de hijos de la libertad, a los jóvenes que valoran la libertad espiritual”. Enseguida, el Apóstol volvió a preguntarse: “¿No me dará Dios de estos miles de jóvenes a algún Caleb o a algún Nahum? ¡Que en el nombre de Dios se fortalezcan y animen a luchar por Jesucristo!, porque Dios me ha llamado y me ha dado una promesa de expansión, promesa de trabajo y multiplicación de la iglesia…”.

Con el evidente ánimo de transmitirles la necesidad y despertarles la gratitud a Dios por sus dádivas, aseveró: “No es poca cosa lo que Dios ha hecho por ustedes, así que como aquel joven que sólo tenía dos peces –refiriéndose a la poca preparación, capacidad o eficiencia– y algunos panes, pero que en las manos del Señor, Dios obró y dio de comer a miles, yo te digo a ti, joven o señorita, crean: ¡Tú en mis manos darás alimento a miles!, ¿quién empuña su brazo y dice: aquí estamos listos”.

Eran casi las cinco de la tarde, la hora avanzaba y se acercaba el momento en que debía estar en el templo sede de la iglesia, en Hermosa Provincia, el gozo de toda la tierra, así que el Apóstol de Jesucristo se vio en la necesidad de apresurar su mensaje de esa gloriosa tarde ante la juventud, pero no se retiró sin antes invitarlos a meditar y aguardar el momento en que su oración los terminaría de preparar para participar del memorial sagrado. Categórico les aseguró que él iba a orar para que Dios les volviera a disimular sus faltas y errores y para que les fortaleciera su esperanza en el camino hacia la vida eterna, por la misericordia y bondad de Dios, a quien después debían decirle: “ Si tú me has dado tanto bien, ¿qué puedo yo hacer por ti? Seguramente salir a los campos de batalla, a donde les ordena el Siervo de Dios diciendo: a donde vayan, así digan, a mí me envía un Apóstol de Jesucristo y en el nombre de Jesucristo, con ese permiso, esta lucha voy a ganar”.

Para despedirse los invitó a orar y a entonar la alabanza “A Dios canto con todas las fuerzas de mi corazón”. Entanto cantaban las estrofas, el Apóstol de les reiteraba que recordaran que Dios los había librado de muchos males y aún lo seguiría haciendo.

 

El Apóstol de Jesucristo preside el memorial de la Santa Cena en Hermosa Provincia

El servicio de Santa Cena en el templo sede de la Iglesia, en la colonia Hermosa Provincia, dio inicio a las 15:00 horas de México. Fue presidido por el hermano P.E. Nicolás Menchaca, avivando el ánimo de los miles de congregados en el santuario, que esa gloriosa tarde se cimbraba con los cánticos de los levitas, que desde medio día entonaban alabanzas espirituales  exaltando la pasión y obra redentora de Jesucristo.

En el primer mezanine se encontraban los Coros de Guadalajara, de Hermosa Provincia y Bethel, del estado de  Puebla, de Morelos, de la República de Chile, el Orfeón de ministros, de silentes y del Estado de México. En el segundo mezanine se instalaron los coros de Guanajuato, de Europa, de Estados Unidos, de Colombia, de Panamá, de Guatemala y del idioma japonés, en tanto que atrás del ministerio estaba el coro metropolitano de Guadalajara.

Al concluir la consagración, a las 3:40 de la tarde, y mientras se invitaba a los diáconos a ocupar su lugar de servicio en el recinto, los coros en concordancia con la sagrada solemnidad del momento, entonaron el himno “Oh qué santa es la unción”. Como orden del singular servicio se leyó el capítulo 53 de Isaías, enseguida algunos hermanos entonaron hermosas alabanzas como ofrenda a Dios y a las cinco de la tarde el sonido de las trompetas anunció que el Apóstol de Jesucristo ingresaba al sagrado recinto. Al momento, la Iglesia se puso de pie entonando el connotado himno: “Yo soy soldado de Jesús”.

Todos los congregados daban gracias al Creador por este momento. A su vez, el Apóstol de Jesucristo, postrado en oración, depositó la gloria en el Padre celestial. Posteriormente, dio la paz a la Iglesia del Señor, diciendo: “Quiero abrir mis brazos y externar con alegría: ¡día 14 de agosto de 2016! ¡Día señalado y escogido por Dios para celebrar la Santa Cena de nuestro Salvador Jesucristo! ¡Día anhelado por su hermano!…

Y agregó: “Desde la recordación del primer aniversario de la manifestación de mi llamamiento, en que esperaba que llegase el momento en que el Señor me permitiera ejercer en plenitud la sagrada autoridad que Dios me dio, facultad que no es para destrucción sino para edificación de todos ustedes, con plena seguridad expreso: ¡Naasón Joaquín, Apóstol de Jesucristo del Resurgimiento de la Iglesia del Señor en esta nueva era! Cumpliendo el mandamiento eterno para redención, ordeno la reunión de la iglesia de los cuatro cabos para celebrar una vez más la muerte de Señor que nos ha dado la comunión con Dios”.

Destacó que en la enorme alegría de congregar a la iglesia de los 53 países, el Señor le permite ejercer la autoridad con la cual Dios lo ha revestido, y por la cual ese día, en todos los rincones donde hay dos o tres reunidos en el nombre de Cristo, habrá redención, comunión, salud y vida en abundancia.

Para dar secuencia al desarrollo de la fiesta más grande de toda la tierra, invitó a la Iglesia presente y a la que lo veía y escuchaba en las subsedes y por la Internet, a  entonar la alabanza “Al sonar de la trompeta”, aludiendo a la primera trompeta espiritual, es decir, su carta de invitación enviada a la iglesia desde Colonia, Alemania

Después de entonar el himno, para introducir a los congregados al momento esperado por todos, la oración intercesora del Apóstol por la iglesia y la importancia de la preparación espiritual que exige el sagrado memorial, en una comparación mencionó que en la antigüedad en Persia, por ley, ninguna persona podía comparecer ante el Rey si no era llamado; mas cuando la reina Esther se presentó ante él, llevaba un vestido hermoso, toda ella estaba vestida de gala. El monarca al verla hermosa extendió su cetro a favor de ella y le permitió acercarse, que así haga con nosotros y aun venga a estar con nosotros.

Así también dijo el Hombre de Dios: “La Iglesia se ha preparado para acercarse a Dios. He visto su trabajo, el del niño, del joven, de los coros, de los hermanos… Esa preparación es un vestido hermoso que el Señor, por su amor, les ha dado, porque para poder llegar a Dios no es del que quiere ni del que corre sino Dios que tiene misericordia…”.

Aun así, dijo, la iglesia venía delante de la presencia del Rey de reyes, Jesucristo, no lo suficientemente preparada, sino con vergüenza, porque las mejores obras para Dios son como trapos de inmundicia. Destacó que nuestro rey no es el de Persia, sino un Rey que es lento para la ira y grande en misericordia.

Ofreció una disculpa por su garganta afectada y ordenó al hermano P.D. Daniel Núñez que transmitiera el mensaje a la Iglesia en lugar de él, “con el fin que  nos indique lo que hemos de hacer después de escuchar lo que significa la Santa Cena y meditar en el valor  e importancia de participar de ella…”.

El hermano Núñez, destacó que la Santa Cena significa “conmemorar el paso a la libertad, la que la iglesia obtuvo espiritualmente”, porque de esa manera estaba esclavizada en lo espiritual, y agregó: “Es el vínculo mediante el cual Dios reconcilia al hombre para consigo; es el medio por el cual Dios permanece en el hombre, haciéndose uno solo con Cristo; es la puerta a la misericordia que ese día se volvía a abrir para alcanzar las promesas de la vida eterna. Es comunión, perdón de pecados, esperanza de resurrección y participación de vida eterna”.

Mencionó que sin duda hubo celebración cuando Israel fue libertado a manos de Moisés, después de más de 400 años de esclavitud. Enfatizó que así, este día hay un libertador y un pueblo libre, el de hijos de la libertad, porque  a semejanza de Israel participaban de esa fiesta espiritual, reconociendo el precio de la libertad: la sangre de Cristo. Invitó a que valoráramos la libertad de poder acercarnos al Señor y que Él venga al corazón del creyente a darle fortaleza para que no desfallezca, como se lee 1ª de Reyes 19, cuando el profeta Elías huyó al desierto y estando a punto de morir de inanición, el ángel de Dios le dio alimento y le ordenó comer porque largo camino le aguardaba

Así, en esa condición se encontraban algunos… pero también, así como a Elías, vino un ángel que los ha tocado. Ángel significa mensajero. Ese ángel es el Apóstol del Señor, quien nos ha dado de comer en su mano y nos ha de vestir con vestiduras finas para comer en la mesa del Señor que con la autoridad apostólica habría de consagrar. El Apóstol del Señor, antes de orar al Padre, preguntó a la  Iglesia que glorificaba si deseaba tomarse de su mano, cobijarse al amparo de su oración para que los dignificara, a fin de estar preparados para comer el pan y tomar de la copa.

 

Ungimiento de Pastores

El Apóstol de Jesucristo, al ver que ha crecido la necesidad de colaboradores en la Iglesia del Señor en la actual administración, por inspiración de Dios anunció el ungimiento de pastores, a los cuales otorgó el grado por la eficiencia en su trabajo y el tiempo en la obra. De la República de El Salvador, otorgó el pastorado a los hermanos José René López Aguillón, Juan Antonio Villalobos Rodríguez y Eliseo Benjamín Flores Ramírez.

De Sudamérica, a los hermanos Filomeno Almonte Luna y José Abdiel Bermúdez. De Norteamérica, a los hermanos Antonio Gaona Ramírez, Salvador García López, José Luis Estrada y David Mendoza Medel.

Antes de mencionar los nuevos ungimientos de pastores de la República mexicana, el Apóstol de Jesucristo expresó que los escogió por su tiempo en la obra, aunque algunos de ellos grandes y cansados, dejaba en claro que los servidores de Dios no son cobardes; antes saben que su vida está al servicio de la iglesia: “Sepan, los que cuestionan que envíe a los pastores de avanzada edad, que ese es el deseo de ellos y no los voy a detener, porque a un guerrero no se le puede inmovilizar, se mantiene en batalla hasta el último aliento”.

 

Nuevos pastores de México

De México otorgó el grado de pastor a los hermanos Ernesto Álvarez Chora, Juan Hernández Riviello, Saúl Rea Argüel, Adán Armenta Benítez, Aarón Aguilar Méndez, Jorge Vázquez Bobadilla, Santos López Bobadilla, Javier Bautista Silva, Leonardo Baltasar López, Alberto Correa Sánchez, Juan Vargas Cornejo, César David Bastarrechea, Joel López Rubio, Daniel Cuevas Guerrero, Ricardo Vega Mejía, Armando Pérez Pérez y Octavio Herrera Basurto.

El Apóstol de Jesucristo precisó que el grado de pastor es en el servicio y administración, no significa un poder extra sobre la Iglesia, ni un lugar superior sobre ella, porque el Señor dijo que el mayor debía servir. Con esta premisa refirió la orden que Dios les dio a los reyes de Israel, “de leer las crónicas y las leyes que se han escrito, para que aprendan a temer a Jehová y no se eleve su corazón sobre sus hermanos, si esa orden recibió aquel que iba a ser Rey de un Pueblo, cuanto más humildad debían manifestar los servidores o ministros de la iglesia del Señor…”.

Para evitar el hinchamiento de alguno de ellos, les reiteró el Siervo de Dios, que “el grado de Pastor no es de señorío ni de poder, sino por el contrario, es un grado de esclavitud, por lo que desde este día quedan permanentemente esclavos a la Iglesia, no tienen ya esposa, hijos, intereses, sino solo la iglesia del Señor”.

Después de nombrarlos les ordenó que voltearan hacia la iglesia y puestos de rodillas hicieran una promesa en su oración para que “el Señor los haga sinceros, honestos, entregados a la Iglesia… que nunca la soberbia, ni la altivez, ni el poderío se enseñoree de ninguno, que Dios deposite en ellos cada día humildad, sencillez y sobre todo el amor de Dios a la iglesia”.  Acto seguido pidió a la iglesia acompañarlo en la oración para que cambiara sus corazones y los hiciera dignos del nuevo grado que les otorgaba.

Los pastores más antiguos fueron los encargados de imponer sus manos sobre ellos en representación del Apóstol de Dios. Mientras se celebraba este acto de unción, siendo testiga la iglesia, el Apóstol de Jesucristo les dijo: “Trabajen por el bien de la Iglesia, siendo honestos, sinceros y humildes y que Dios los bendiga si así lo hacen… su hermano Naasón les ha confiado esta dignidad y si  alguno es de carácter fuerte, que lo modere, que Dios los haga dignos servidores y les dé un corazón noble en su encomienda”.

 

Las bendiciones que disfrutamos por el sacrificio de Cristo

Para continuar con el protocolo de la gloriosa festividad y dado que se acercaba el momento más solemne, el de bendecir el pan y el vino para darlo a los participantes –y que en el cumplimiento de ese sagrado mandato la Iglesia volviera a la comunión con Dios–, el Apóstol de Jesucristo precisó categórico que este perdón de pecados, comunión y esperanza se debe a un hermoso y glorioso sacrificio, el del Señor Jesucristo, en cuya memoria cenarían.

Dejó claro a los congregados que había alguien más grande que él –quien le dio esa autoridad–, quien tuvo que padecer y morir, es decir nuestro Señor Jesucristo, quien vino primeramente a rescatar a las ovejas perdidas de Israel. Desafortunadamente, ellos eran de corazón rebelde y contumaz, por lo que trató de atraerlos haciendo tantos milagros que no cabrían en el mundo los libros que hablaran de ellos.

 

El motivo de los milagros que hizo Jesucristo

El Embajador del reino de los cielos explicó que “Jesucristo hizo los milagros para darles a conocer que la salvación, el bien, la misericordia, la protección y la salud había llegado, pero no quisieron oírle ni recibir su Evangelio. Los falsos maestros no permitieron que la fe en Israel se desarrollara y hubo ocasiones como la de aquel joven que era ciego y el Señor le dio la vista, inmediatamente llegaron a querer opacar esa maravilla, ordenándole que diera gloria a Dios, porque el que le había hecho el milagro era pecador.

“Un pecador que daba vista a los ciegos, que levantaba a los paralíticos, que daba vida a los muertos, que limpiaba a los leprosos, que predicaba una palabra hermosa de los reinos de los cielos. Y viendo el pueblo esas maravillas, en cuanto comenzó a predicar se fue alejando. Aquellos que gritaban: ¡Hosanna, hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor!, le dejaron. Aquellos que en Jericó se apretujaban y se subían a los árboles y azoteas para verlo pasar, aquellos que en el mar de Galilea lo obligaron a subirse a la barquilla porque la multitud se le amontonaba ¿qué hicieron? Se retiraron, por ello se sintió triste el Señor y  en su soledad lloró y exclamó con dolor y frustración en aquel monte: ¡Jerusalén, Jerusalén que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados!”.

 

El Señor Jesucristo abre la puerta de la misericordia a los gentiles

Este menosprecio del Pueblo de Israel daría pie al Señor para compadecerse de los gentiles o ajenos a su pueblo, destacó el Siervo de Dios, lo cual ocurrió cuando Jesús, de regreso, en el camino encontró a una mujer que iba dando voces detrás de él: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí!, le contestó que ella no era del pueblo de Dios, que no tenía derecho a comer del pan de los hijos

Con esa respuesta, la mujer recibió una palabra cruel que le quitaba la oportunidad de que el Señor se apiadara de su necesidad. Esa gracia no era para ella, no le correspondía… Pero la mujer, sabiendo que no había otra oportunidad, que no podía ir a otro médico y que ya había agotado todas las instancias, que el único que podía apiadarse de ella era Jesús de Nazaret, aceptó con humildad esa palabra y movió a compasión al Hijo de Dios diciendo:  “Pero también los perrillos alcanzan de la mesa de su Señor”. Jesucristo se asombró ante aquella palabra, refiriendo que ni aun en Jerusalén yo he encontrado una fe como ésta.

El Apóstol de Jesucristo, lastimado de su garganta y haciendo caso omiso a su malestar físico, siguió destacando ejemplos de fe y también mencionó el del centurión que fue a abogar por su siervo enfermo, quien con profundo reconocimiento le dijo al Señor que él sabía del poder y la facultad que tenía para ayudarle, y reconociéndose ajeno a la gracia le dijo: “No soy digno de que entres a mi casa, yo también  soy un hombre de autoridad y si le digo a aquel, ve y va… solo di la palabra y mi siervo sanará”. Al Señor le agradó la confianza de aquel hombre.

Un ejemplo más engalanó la magnitud de la misericordia sin límites del Señor Jesucristo, cuando colgado en la cruz uno de los que estaban a su lado, un malhechor, lo comenzó a injuriar; “en tanto el otro malhechor en la misma condición del primero y que también era digno de muerte, enjuiciado por sus faltas, digno de muerte, ve al Hijo de Dios y se encuentra con la oportunidad más grande de su vida: ‘yo te vi, te oí, fui testigo… cuando llegues a tu reino, acuérdate de mí’. Aunque no era digno, el Maestro le contesta:Hoy estarás conmigo en el paraíso’”.

En un paralelismo con los precedentes ejemplos, donde lamentablemente no pertenecían a Israel y que no estaban en condición de acercarse a Dios, el Señor los vio y se compadeció de ellos abriendo la puerta a los gentiles. Entre ellos, a quienes no pertenecían al pueblo de Dios a quienes ha abarcado en su bendita gracia.

Así abundó: “Hoy están con nosotros los hermanos actuales, a los cuales también el Señor vio entregados con sinceridad a la idolatría, creyendo que los ídolos mudos eran la manifestación de la divinidad por el engaño de los hombres”.  

Enseguida narró: “Cuando el Hijo de Dios llegó al monte, sintiendo en su carne el temor ante lo que le iba a acontecer –como un niño que busca el refugio de su padre–expresó: ‘Si es posible, pasa de mí esta copa’. Temía en su carne, pero en ese momento los miró desprotegidos, postrados ante una imagen, viciosos, sin ninguna manera de tener una cercanía con Dios a causa del pecado,  e inmediatamente dijo: ‘pero no se haga como yo pienso, sino tu voluntad’. Y se entregó al más cruel sacrificio que ningún hombre ha hecho en toda la historia de la humanidad.  

“Aquellos hombres se ensañaron con el Señor, movidos por el espíritu de satanás, sin saber que Él era el cordero del sacrificio consagrado para que Dios mirara a cada uno de nosotros. Y cuando el Señor Jesús expiró en la cruz, entonces, dice la Palabra del Señor, ‘el Pueblo asentado en tinieblas vio gran luz…’”.

Ante la evidente obra redentora de Jesucristo, la Iglesia glorificaba agradecida por la dádiva tan preciosa de Dios, de dar a su hijo en propiciación por los pecados del mundo.

Continuando con su elocución, el Apóstol del Señor enfatizó que de aquellas densas tinieblas Dios vino a hacernos Luz del Mundo, por lo que antes de participar de la mesa del Señor, invitó a que todos a ser conscientes de lo que iban a recibir; a meditar en la muerte del Hijo de Dios, porque valorarla es lo  que garantiza que al comer del pan y beber del vino, reciban el perdón de pecados, comunión con Dios y vida eterna. Por ello, con todo reconocimiento y meditación, recomendó seguir considerando el motivo del sagrado memorial que los congregaba en Guadalajara y en Hermosa Provincia, el gozo de toda la tierra.

Con tan destacados ejemplos de la compasión del Señor, no hacían falta más referencias y, sin embargo, el Apóstol de Jesucristo destacó otro testimonio de una joven que recibió el Espíritu Santo y en la bendición que ella tuvo vio un hombre de blanco que la abrazaba y se refugiaba en él. De la misma manera, el Siervo de Dios afirmó que eso iba a ocurrir con su Pueblo esta noche.

Previo al momento de ir al jardín de la oración, para suplicar a Dios que perdonara a sus hijos y los hiciera dignos participantes de su banquete –porque aunque la Iglesia se preparó, aún no estaba lista–, el  Apóstol de Jesucristo invitó a reflexionar a los congregados en las faltas que hubiesen cometido, en acciones y palabras: “Sí, es verdad, estará satanás para acosarles, pero Cristo está del otro lado intercediendo ante su Padre porque para él sois carísimos, porque costaron su muerte y los ama. Y detrás de Él, en oración, está su hermano Naasón, uniéndose a su Señor y maestro diciéndole: ‘Sé propicio Señor…’”.

 

Oración intercesora del Apóstol

Llegó para el Ungido de Dios el momento de intercesión, en la bendita oración de expiación por el Pueblo del Señor. De hinojos todos los congregados acompañaron en su oración al Embajador del reino de los cielos, quien en su plegaria mencionó a Dios, que Él era testigo de cómo la Iglesia ha trabajado, dando testimonio de él con orgullo, por lo que suplicó que ninguno quedara fuera, ofreciendo su vida a cambio del más pequeño.

La Iglesia, gracias a la oración apostólica, quedaba totalmente preparada para participar en el banquete espiritual, por lo que el Hombre de Dios invitó a los coros a  entonar una alabanza, mientras la Iglesia, constreñida, oraba meditando en el  sacrificio de Jesucristo. Al término de la plegaria de intercesión se escuchó el cántico: “Esta es la fiesta más grande de toda la tierra”.

 

El Embajador de Cristo bendice el pan

La gloria de Dios se derramó en el sagrado recinto cuando el Apóstol de Jesucristo, con plena autoridad y tomando las palabras paulinas, “Porque yo también recibí del Señor…”; y después de bendecir el pan, lo envió a los  convocados, comisionando como mensajeros a tres pastores para que llevasen el anhelado pan a las principales subsedes de la iglesia donde estaban los redimidos por Cristo, conmemorando el santo memorial.

En tanto, los diáconos y servidores de la iglesia impartían el pan a los comensales, en el interior del santuario se sucedían las ofrendas de alabanza a Dios, de frutos de labios que daban loores y confesaban su sagrado nombre en melodiosos cánticos que le ofrecían los hermanos y hermanas, que con anticipación se habían anotado para elevarle un canto al Señor y con Él alegrar a la Iglesia y favorecer el estado de devoción sublime, que exigía el momento más sagrado de la festividad.

Sagrado memorial que no se interrumpió, aunque afuera la lluvia caía a torrentes; fenómeno natural que no fue obstáculo para que los miles de hermanos y hermanas que llenaban las calles de la colonia convertida en templo, conservaran el orden y permanecieran en sus lugares glorificando a Dios y aguardando con devoción el anhelado pan que los diáconos y pastores repartían diciendo: “Tomad y comed de él porque simboliza el cuerpo de Cristo”.

El Apóstol de Jesucristo, aún desmejorado por su afección en la garganta, dijo a los congregados que la lluvia era mayor bendición, porque significaba que al comer también estaban siendo bendecidos por Dios; dádiva del cielo de la cual compartió subiendo a los faldones del majestuoso templo, desde donde saludó y confortó a los hermanos y hermanas que soportaban estoicamente la inclemencia del tiempo que se prolongó por horas.

Al regresar al interior del recinto, con plena certeza y confianza en lo que se estaba llevando a cabo, expresó categórico que todo era respuesta de Dios, quien había escuchado la súplica de la Iglesia y les había perdonado sus faltas. Por ello agregó: “Hermano y hermana: ¿dónde están los que te acusaban?, porque hasta la lluvia que cae a torrentes, representa la bendición de lo Alto. Recíbanla con paciencia recordando que más fue lo que sufrió el Señor Jesucristo por nosotros…”.

 

El ministro plenipotenciario bendice la copa

Para que todos los comensales apreciaran el valor del glorioso sacrificio de Jesucristo, el Embajador del Reino de los cielos invitó a la Iglesia a entonar un himno de pasión, cuyo estribillo se entonó con fervor: “En la cruz, en la cruz do primero vi la luz…”, cántico tras el cual el Cuerpo Ministerial participó también del pan. Al ver a los ministros participar del banquete espiritual, dijo a la Iglesia: “Son tus esclavos, quienes te atienden y te atavían, Iglesia del Señor. Las vestiduras son la Palabra de Dios… Ahora ellos también desean tener comunión con Dios…”.

Para seguir el desarrollo del sagrado memorial, a las ocho de la noche, hora de México, el Apóstol Naasón Joaquín alzó la copa y la bendijo y oró a Dios para que al beber aquel vino, la Iglesia recibiera la comunión completa y agregó: “Permite Señor que al tomar esta copa renueven el pacto contigo y sean libres de nuevo este año”.

Acto seguido, el Apóstol de Jesucristo envió con la copa de bendición –en su representación– a los hermanos pastores Venancio Ortiz a Bethel, Eliézer Gutiérrez a la Maestro Aarón Joaquín y Manuel Cortés con la Juventud al Centro recreativo SJF. Expresó que al participar del vino se renovará “el nuevo pacto y la comunión con el Dios de dioses, el Señor de señores, que al dar el sorbo sientan la bendición y digan: ¡libres somos!”.

El pastor Nicolás Menchaca, quien coordinaba el Servicio del Santa Cena, mencionó que más de 60092 visitas y 8103 conexiones estaban enlazadas por internet.

En tanto, la Iglesia aguardaba con devoción el instante sublime de beber de la copa, cuando los diáconos llegaran a sus lugares. Por su parte, los coros entonaban alabanzas, aumentando el fervor y las glorias a Dios entre los participantes del banquete, que pese a la lluvia se sentían felices en la antesala de lo que será en el Reino de los cielos.

También el Apóstol de Jesucristo y los pastores participaron del pan y del vino, lo cual fue de gran felicidad para todos, porque ahora “una nueva esperanza tenemos –dijo el Apóstol–, que estando sin vida, hoy volvemos a vivir para el señor y nuestro espíritu se ha fortalecido, digno es que digamos loor y gloria a ti Señor, por habernos permitido cumplir el mandamiento santo que hemos  recibido de Jesucristo, de participar del pan y de la copa para tener comunión con Dios, con Cristo y contigo y quedar fundidos en uno con Dios y su iglesia…”. Un momento solemne en que los coros entonaban el cántico “Una dulce esperanza”.

Después que el Apóstol del Señor y los pastores hubieron participado del sagrado pan y bebido de la copa, el hermano P.D. Daniel Núñez evocó los versículos del capítulo 17 de Juan, en el que Nuestro Señor Jesucristo oró al Padre por los apóstoles, por sus discípulos y por los que habrían de creer en Él por la palabra apostólica, para que los guardara del mundo.

Posteriormente, dijo: “Ahora ya son Cristo cada uno de vosotros. Uno con el Señor y con Dios. Ahora corresponde dar testimonio de lo que recibieron; porque nos preguntará la gente: ¿dónde está tu Dios? Él está en el trono de gloria y su hijo Jesucristo con Él.”

Con gran esfuerzo en su voz, por su garganta bastante lastimada, agregó el Apóstol: “¡Cristo está en su trono de gloria y así le hemos visto hoy y pronto vendrá por nosotros… Hemos terminado nuestro servicio de Santa Cena”.

Antes de despedirse del sagrado recinto, bendijo a los miles que se enlazaron por internet, a los hermanos que están en la Penal, a quien les dijo que ahora eran libres para Cristo. “Él gobierne en el corazón de toda la iglesia del Señor, Dios los bendiga, sois el regalo más hermoso que Dios me ha dado, sois el orgullo de su Apóstol, Dios te siga prosperando”.

 

Fuente: Coordinación de Crónica Apostólica.