Culmina Apóstol de Jesucristo sus recorridos en Bogotá

(Coordinación de Crónica Apostólica) — En el marco de su visita a Colombia con motivo del envío de nuevos batallones a la Obra del Señor, el jueves 4 de octubre, el Apóstol de Jesucristo Naasón Joaquín García, realizó un segundo recorrido, con el cual culminaría su visita por las iglesias de la capital colombiana.

En primer lugar visitó la pequeña iglesia ubicada en el Barrio Caracolí, uno de los barrios ubicado más al sur de la ciudad, formado por colonias semiurbanas donde un grupo de hermanos establecidos en ese lugar, hasta el día anterior, no imaginaban que el Siervo de Dios los visitaría. A las 12:50 del mediodía, la empinada calle donde se encuentra la pequeña Casa de oración, vio aparecer por la parte alta, el vehículo donde venía el Apóstol del Señor. Los hermanos que, que aguardaban en el templo comenzaron a glorificar el nombre de Jesucristo al percatarse que los niños apostados en la escalinata exterior y los hermanos que estaban afuera, dieron la buena nueva “ahí viene el Apóstol de Jesucristo”.

Al descender de su vehículo el ministro Nilson Correa le dio la bienvenida al lugar, mientras el grupo de hermanos comenzaron a entonar el himno: Bienvenido amigo de Cristo. Cuando el Siervo de Dios pasó al interior, subió a su ministerio y saludo a los hermanos presentes: “He venido expresando a la Iglesia, la alegría que hay en mi corazón por permitirme Dios venir a este país, pero más que visitar este país para descansar, para recrearme en sus bosques, selvas o en sus playas, mi recreo y mi playa sois vosotros”.

El Apóstol hizo mención que, aunque su visita obedece al nuevo envío de jóvenes obreros, esa convocatoria fue también un pretexto para visitar a sus hijos de las iglesias de Colombia. Así, manifestó la alegría que siente su corazón al contemplar los rostros de cada uno de ellos y observar que esos rostros estaban llenos de alegría, una alegría recíproca, porque dijo: “si vosotros estáis alegres, yo aún más de estar con vosotros y ver vuestra fe”.

También hizo referencia a su misión evangelizadora, que mantiene como objetivo principal, la evangelización de las almas, esto con el fin de que no haya conformismo en la iglesia que el Señor Jesucristo ha redimido: “mi presencia, también trae bendición, mi presencia, también trae prosperidad y vosotros lo entendéis porque Dios me ha puesto en esta tierra para que a través de su palabra, pueda ofrecer al mundo la salvación y vida eterna”. En ese sentido exhortó a la iglesia a asumir esa responsabilidad que Dios le dio, “Con vosotros he de llenar esta ciudad, vosotros seréis mis cartas abiertas leídas por el mundo y cuando ellos pregunten, ¿por qué su conducta?, ¿por qué su forma de hablar?, ¿por qué su forma de vestir es diferente? Ustedes dirán: porque yo pertenezco a la Iglesia La Luz del Mundo y un Apóstol de Jesucristo me ha enseñado a vivir conforme a la voluntad de Dios, si me permite darle testimonio de este tesoro que yo tengo, porque también tengo que compartirlo, porque de gracia lo recibí y de gracia también lo ofrezco.” –enfatizó.

Enseguida preguntó a los presentes: ¿En verdad habéis creído en su hermano Naasón? Al unísono, hombres, mujeres y niños que llenaban el Templo levantaron sus manos y con lágrimas en sus ojos gritaron “Amén”. Fue entonces que el apóstol les pidió que no solo lo digan con su voz sino también lo digan con sus obras, que no solo lo griten ante su presencia, sino que también lo griten al mundo.

De esa manera invitó a todos los hermanos a elevar juntos una plegaria a Dios en la que él pediría al padre, bendición y prosperidad para ellos. Así, Apóstol e iglesia se entregaron a la oración, después de la cual, el insigne visitante les refirió: “buscaré otro pretexto para volver con vosotros con la seguridad de que encontraré más iglesias, más obras, mientras tanto ¡sigan trabajando!” –encomendó a los hermanos de Caracolí.

Al bajar de su ministerio los hermanos se agolparon sobre él, en el interior del recinto, una hermana le entregó una carta la cual el apóstol tomó y echó en la bolsa de su saco y así fue saliendo del lugar, posando sus manos sobre la cabeza de algunos hermanos que se acercaban lo más posible para saludarlo a su paso, recibiendo a cambió la bendición apostólica.