Hoy estamos ensayando lo que nos espera en el reino de los cielos

(Coordinación de Crónica Apostólica) — El jueves 2 de junio, el Apóstol de Jesucristo, Naasón Joaquín García, acudió al templo de la colonia Hermosa Provincia a elevar su plegaria al Creador. Le acompañaron a la Casa de Oración tres pastores, seis diáconos y cuatro encargados. El reloj marcaba las 4:25 am.

Como cada mañana, el Orfeón de Hermosa Provincia, a través de sus cánticos espirituales, acompañó al Apóstol del Señor en su oración. Los citados ministros y la Iglesia, respectivamente, hicieron lo propio. En ese momento se escuchaban las bellas notas del himno: «Ya resuena alegre la canción». En pocos instantes aquella oración se transformó en un avivamiento espiritual.

Mientras la sublime oración se elevaba al Creador, cual fragante incienso espiritual, se escucha con nitidez una de las estrofas del coro: «…privilegio tan precioso tiene el Pueblo del Señor, antes de romper el alba su plegaria eleva a Dios. Antes que amanezca el día y se vea la luz del sol, hallaremos fe y confianza en su oración».

A las 4:35 de la mañana, luego de elevar su plegaria, el Apóstol de Jesucristo se despidió del Coro: «Dios los bendiga, hermanos». Al salir del recinto religioso, las hermanas y hermanos que lo esperaban en los atrios y en la glorieta central, lo saludaron con singular efusividad, siendo correspondidos con los deseos de parabienes y la bendición apostólica.

En la puerta de su casa, el Siervo de Dios preguntó a los ministros por un hermano que a lo lejos contempló entre la multitud. «Se llama David», le dijo uno de sus colaboradores. Enseguida, el Apóstol del Señor dirigió su mirada hacia aquel hermano y alzando su voz expresó: «David, me da mucho gusto verte, saber que estás otra vez cerca de nosotros. Nunca te fuiste, pero qué bueno que aquí te veo. ¡Dios te bendiga!».

El hermano David, quien cargaba en sus brazos a su pequeño hijo, se acercó al Apóstol Naasón Joaquín y, anegado en lágrimas de alegría y consuelo, correspondió al paternal saludo: «Dios le pague, Varón de Dios. ¡Aquí estamos con la ayuda del Señor! ¡Hasta el último aliento!». Enseguida, uno de los ministros comentó: «El hermano David recibió el Espíritu Santo en los pasados avivamientos realizados en marzo».
A continuación, el Siervo de Dios abundó sobre el testimonio anterior: «Cuántas veces algunos hermanos se retiran o distancian de sus oraciones a causa del trabajo y dejan de perseverar, aunque nunca se olvidan ni de sus raíces ni de su fe».

Estar fuera de la Iglesia no se reduce a dejar de asistir a las oraciones

Citó la parábola del hijo pródigo (cf. Lucas 15:11-32), quien después de haber malgastado su herencia regresó humillado a la casa de su padre y este lo recibió con los brazos abiertos: lo aceptó con la alegría del amor de un padre a un hijo. «Trasladando este ejemplo a lo espiritual, nos damos cuenta de que nuestro Padre celestial nunca nos abandona: somos nosotros los que nos alejamos de Él. ¡Nuestro Padre celestial siempre está presto para nosotros! Tan sencillo como venir al templo, llorarle y conmoverlo… ¡Así de fácil! ¡Y tan difícil como retirarnos de Él! Sin embargo, la decisión de seguir adelante o apartarnos es de nosotros», refirió.

Trajo a la memoria el siguiente pasaje: “Y tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario; porque Jehová escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos. Si tú le buscares, lo hallarás; mas si lo dejares, él te desechará para siempre» (1 Crónicas 28:9).

Enseguida, agregó: «Nuestro Dios nos ha demostrado siempre que Él está presto a escucharnos. Mientras el hermano tenga en su corazón ese fogoncito, esa brasita pequeña, esa chispa de la Elección…, basta con que se acerque de nuevo y el Señor lo vuelve a recibir en su seno.

«Le dijo el Señor al profeta Ezequiel: ‘Profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Así ha dicho Jehová el Señor: Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, y vivirán’ (Ezequiel 37: 9). Este pasaje se está refiriendo a algo simbólico, no literal. Esos huesos secos, sin carne, sin nervios, sin tendones –que representaban a los hijos, al pueblo de Dios– vivirán.

«Cuando el Espíritu de Dios le dice a Ezequiel, profetiza y di: ‘Vivirán otra vez esos huesos y se volverán otra vez a levantar’, ¿por qué simbólicamente esos huesos volverían a levantarse? ¡Porque el Pueblo de Dios estaba en un tiempo aceptable! El profeta Ezequiel representaba para aquella generación el día de salvación.

«A veces se piensa que estar fuera de la Iglesia es dejar de asistir al templo. Cuántos hermanos, acudiendo a la Casa de Oración, pudieran ser maldicientes o tener algún vicio… Y ese es el peligro: que de su pecado hagan una forma de vida, cuando el acercarnos al Señor implica dejar de hacer lo malo; porque en eso radica el perdón de Dios: ‘Y cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; si él se convirtiere de su pecado, e hiciere según el derecho y la justicia, si restituyere la prenda, devolviere lo que hubiere robado, y caminare en los estatutos de la vida, no haciendo iniquidad, vivirá ciertamente y no morirá…’ (Ezequiel 33: 14-15). Por muy grandes que sean sus pecados, dejando de hacer lo malo, vivirá. Por el contrario, si el justo, confiando en su justicia, ‘hiciere iniquidad, todas sus justicias no serán recordadas, sino que morirá por su iniquidad que hizo’ (Ezequiel 33: 13).

Regla de Dios: «El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia»

«En este sentido, esta es la regla de Dios: ‘El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia’; esta es la manifestación del arrepentimiento. Cuántas veces los hermanos caen en una falsa confianza y expresan: ‘¡El Apóstol de Jesucristo oró por nosotros y ya nos perdonó!’ No. Él está dando la oportunidad, que si tú quieres, esa oración te va a perdonar, pero tienes que seguir las reglas: y la primera regla de arrepentimiento es la confesión, porque de esta forma humillamos a nuestra carne.

«En la oración apostólica está la oportunidad: tan fácil como querer, tan difícil como no querer. Si yo deberás he creído en el Siervo de Dios y en su oración, es la oportunidad para que Dios me perdone, pero tengo que seguir las reglas que Él ha establecido, y la primera regla es confesar nuestro pecado.

«La segunda regla es apartarnos de aquel pecado y no volver a caer en él. Dios no quiere desterrar a sus hijos, sino que Él provee medios para no alejar de sí al desterrado (2 Samuel 14:14).

«De esos huesos secos –simbólicamente hablando– Él vuelve a levantarnos. Cuando dice una persona respecto de otra: ‘Aquel/aquella ya no tiene solución’, volteamos al testimonio del hermano David y él es solo una muestra más de que solamente le bastó acercarse al Padre y fue recibido en su seno. ¿Por qué? ¡Porque es hijo de Dios! ¡Así de sencillo!

«Y quienes, apartados de Dios, murieron fuera de esta gracia, por sí mismos se distanciaron: no porque Dios los abandonó. No quisieron caminar por la senda de justicia y, aunque tuvieron la oportunidad, desaprovecharon el medio a su alcance que Dios les había puesto».

El amor de Dios, incomparable con cualquier sentimiento humano

Comentó que en la parábola del hijo pródigo, el amor que el padre profesa por su hijo no varió ni un ápice. A pesar de que aquel joven llegaría ante su progenitor maloliente, sucio o desarrapado, éste le dio la bienvenida por una sola razón: nunca dejó de ser su hijo. Seleccionó el mejor vestido, puso un anillo en su mano, calzado en sus pies e hizo un banquete especial en su honor.

Y abundó: «El Señor Jesucristo dijo: ‘Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?’ (Mateo 7:11), si nosotros sabemos ver lo bueno en las personas, ¡cuánto más Dios que conoce el corazón del hombre! (Cf. 1ª Samuel 16:7).

«El amor más fuerte es el de los padres a los hijos. Sin embargo, nuestro amor no es comparable, en lo más mínimo, al amor de nuestro Padre celestial. Nosotros amamos con los defectos propios de este cuerpo, que son muchos, y nuestro Dios es perfecto. Él nos ama con la perfección y la pureza de un amor jamás antes visto en el ser humano.

«Cuántos hermanos se acercan a Dios y hasta nosotros nos sorprendemos: ¡Cómo que este hermano recibió el Espíritu Santo! El hombre juzga, critica la apariencia, pero ignora que Dios recibió en su seno a aquel hermano: vino arrepentido, llorando, diciéndole: ¡Padre, pequé contra el cielo y contra ti! Su sentir no era acompañado con soberbia ni diciendo ‘yo me consagré, me preparé, dame la bendición’, reclamándole al Señor. Vino humillándose, mientras que el otro, el que se ‘preparó’, le está reclamando y exigiendo: ‘Tú no me quieres’. Y el otro viene y dice: ‘No soy digno de ser tu hijo… ocúpame como el último de los jornaleros’. ¿Por qué aquel padre no le habría de aceptar? La mente humana no lo concibe y dice: es esto y lo otro, y le encuentra todos los defectos, pero Dios ve el corazón.

«Y semejante a lo que Cristo le dijo a la mujer adúltera: ‘¿Dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más’ (Juan 8: 11-12). Al decir ‘ni yo te condeno’, siguió la expresión ‘vete en paz, pero no vuelvas a ofender a Dios’, es decir, que su alma quedó en paz».

Destacó que esta mujer cometió el error de engañar a su marido, pero no se dedicaba a la prostitución. Sin embargo, para el catolicismo romano, María Magdalena fue una «prostituta», pero ese no era su oficio. Fue una mujer que como ama de casa cometió una falta, pero después del perdón recibido dedicó su vida a servir al Señor.

Y agregó: « ¿Se equivocó el Señor? Jamás. Él conocía el corazón de aquella mujer. A pesar de eso, el hombre nunca la ‘perdonó’, para él siempre fue mala, pero para el Señor, desde que dijo: ‘ni yo te condeno’, porque estaba viendo a aquella mujer humillada, supo valorar aquella bendición y se apartó de volver a caer en el adulterio».

«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos»

En otro momento, uno de los pastores comentó: «El que se siente digno delante de Dios acusa a todos». El Apóstol de Jesucristo secundó el comentario y agregó: «…sin saber que está cometiendo el primer y más grande pecado: el juzgar a su prójimo. Y digo cometer el error porque con la misma vara que medimos seremos juzgados».

En otro momento, el Apóstol de Jesucristo citó el siguiente pasaje: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad» (Mateo 7: 21-23).

Y abundo: «Muchos dirán en aquel día, como el fariseo que se encontraba el templo junto con el publicano, ‘te doy gracias porque no soy como este publicano, pecador’; a ese le va a reclamar: ‘Apártate de mí, obrador de maldad. Desde tu juicio ya estás obrando mal porque nunca te puse como juez’. Otro dirá: ‘Pero yo prediqué, saqué demonios en tu nombre…’, de nada te sirvió si juzgaste a tu prójimo con maldad».

Citó el caso de una hermana que, quejándose contra una anciana que había cometido una falta con su padre, todavía la familia guardaba contra esta un resentimiento. Lo paradójico es que no solo la mujer cometió la falta: también su padre fue partícipe. Sin embargo, a su progenitor le habían perdonado aquel error por el amor paternal. En contraparte, seguían repudiando, a pesar del paso de los años, a aquella mujer.

El Apóstol de Jesucristo abundó: «En su amor y misericordia, Dios perdonó tanto a uno como a otro. ¿Qué hago en este caso, si yo represento al que nos ama a todos? Si a su padre, que también hizo lo mismo, no lo repudiaron porque lo quieren, Dios les dice: ‘Son mis hijos los dos y los amo’. Cometieron una falta, sí, pero los dos también fueron perdonados.

«Es más más fuerte y más puro el amor espiritual que el material. Por eso es muy triste saber cuando a veces las familias prefieren la amistad y los lazos de la familia material, cuando hoy estamos ensayando lo que nos espera en el reino de los cielos: por eso nos llamamos hermanos, porque es un ensayo a lo que ha de venir en un futuro en el Cielo».

Recordó el testimonio de los diez leprosos que fueron sanados por el Señor Jesucristo (Cf. Lucas 17:11-18), y cuestionó: ¿por qué solo regresó uno a darle las gracias al Maestro por el beneficio recibido? ¿Por qué los otros nueve no regresaron? Sin duda –respondió– estos últimos se dirigieron con sus familiares, amigos o conocidos a decirles: ‘Ya estamos limpios’. Acudieron lo más pronto posible a estar con los suyos, olvidando que cuando ellos padecían esa enfermedad entonces incurable sus familiares o conocidos los habían abandonado. El único que vio por ellos en su momento de aflicción fue el Hijo de Dios, de quien los nueve leprosos se olvidaron más temprano que tarde.

Tuvieron más amor a los lasos sanguíneos, sin entender que el Señor los limpió, los libró de la muerte y les permitió volver a tener comunión con los suyos, después de vivir hacinados en los insalubres leprosarios a las orillas de las aldeas.

Antes de despedirse de sus colaboradores, invitó a cada uno a la siguiente reflexión: «Meditemos y valoremos el tiempo aceptable en que vivimos y las bendiciones que a diario nuestro Dios nos dispensa. Dios los bendiga, hermanos». El reloj marcaba las 4:56 de la mañana.

Fuente: Coordinación de Crónica Apostólica.