Visita Apostólica a los hermanos de Boston y Nelson Mandela, en Cartagena, Colombia

(Coordinación de Crónica Apostólica).- El sábado 6 de octubre, luego de su visita a la Iglesia de El Pozón, el Apóstol de Jesucristo se dirigió a la iglesia de Boston, donde ya le aguardaban un grupo numeroso de hermanos que, desde que recibieron la noticia de su visita no pararon de trabajar arreglando su templo con flores, alfombra, una silla apostólica nueva y un alimento que ofrecerle.

Finalmente, tras una espera que parecía un sueño, a las 2:04 de la tarde arribó el convoy apostólico y se abrió la puerta del vehículo, de donde salió el insigne visitante. Las voces de los hermanos que se encontraban en la parte de afuera del templo y los que se encontraban en el interior, captaron la atención de los extraños que merodeaban el lugar.

El Apóstol entró a un templo que sobrepasaba los 40 grados centígrados, a causa del clima propio del lugar además de encontrarse totalmente lleno y en un ambiente de total efervescencia espiritual.

Lleno de alegría por la bendición de Dios, el Siervo de Dios se introdujo entre los hermanos y tras el saludo expresó a sus hijos en la fe: “¡Que alegría estar con vosotros, mi alma también brinca de alegría hijos amados que estáis en mi corazón!… ¡Qué hermoso es venir y contemplar a los hijos de Dios! Podrá decir alguna persona ¿pero por qué anda visitando las iglesias pequeñitas? Usted debería de ir donde la multitud se junta y donde hay más iglesias, pero luego me pongo a pensar, pero es que ellos son muy amados de parte de Dios, ellos son muy amados de Cristo y si mi Señor Jesucristo los ama, yo también quería verlos y decirles que no están solos, que están abarcados en este manto espiritual”.

Enseguida les refirió el ejemplo bíblico del David y Goliat, en un paralelismo de la mocedad de David contra la estatura, fama y experiencia del gigante Goliat, quien a tarde y a mañana lanzaba un reto a los escuadrones de Israel y cuando aquel jovencito que llevaba unos panes y unos quesos a sus hermanos que estaban en el ejército se percató de las amenazas de Goliat, se llenó de celo y decidió retar a aquel hombre que infundía tanto miedo al ejército. Explicó el Apóstol que David no tuvo temor porque puso su confianza en Dios manifestada en las palabras “Yo iré y yo lo mataré” que hablaban de la confianza que tenía en el verdadero Dios.

Con determinación absoluta aseguró que ese Dios que le dio la victoria a David, es el mismo Dios poderoso que dirige a esta iglesia; así como Israel se llenaba de orgullo al decir: Jehová Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, porque recordaban las proezas que ese Dios había hecho a través de esos hombres que siempre confiaron en él.

Tras esta reflexión, interrogó a los hermanos: “¿Tu haz sido testigo de las proezas de Dios?” el “Amén” fue unánime y sin atisbo de duda. Ante esa manifestación de fe, recurrió al recuerdo del apostolado de Samuel Joaquín y las múltiples maravillas que se manifestaron en Colombia a través de su mano “pero te quiero decir que no porque al Varón de Dios, Dios quiso llevarlo al descanso se olvidó de nosotros, no; Dios levantó a su hermano Naasón y me dio una palabra. Esta es la palabra que Dios me dio: si hoy ves a este pueblo grande, yo lo voy a engrandecer mucho más…”

En ese sentido exaltó el poder de ese Dios de Aarón, de Samuel y de Naasón Joaquín, de quien dijo: “es un Dios poderoso, es un Dios vivo que creo los cielos y la tierra, es el Dios en el cual creemos y ahora yo te digo iglesia de Boston y de Nelson Mandela; a semejanza de aquel jovencito David tenemos que seguir combatiendo este mundo que voltea a vernos pequeñitos y se burla de nosotros…”

Con relación a las estadísticas dijo que, Cartagena es una ciudad con más de un millón de habitantes y la iglesia es muy pequeña, pero, “nosotros no vemos nuestra condición, nosotros no vemos nuestra economía, nosotros alzamos nuestros ojos a los montes y decimos: ¿De dónde vendrá mi socorro? Y volteamos hacia el cielo y decimos: Mi socorro viene de Jehová, el creador de los cielos y de la tierra” –resaltó.

Con esa fuerza que inspira confianza los instó a trabajar para que se manifieste la gracia de Dios y a redoblar esfuerzos en la evangelización con la promesa de volver y encontrar los frutos de ese trabajo. Fue así como los invitó a orar para demandar la ayuda de Dios en el cumplimiento de sus promesas. La oración se oyó como el estruendo de las muchas aguas, como el sonido de una cascada de lenguas angelicales.

Al terminar la oración les dijo: “recuerda que yo vine a verte con una esperanza: de que obedezcas la invitación que tu hermano ha venido a hacerte”, les dijo que, la próxima vez que venga irá a la iglesia de Nelson Mandela para conocerlos, pero la promesa es que va a volver porque desea ver muchas iglesias en Cartagena para ratificar que Dios cumple sus promesas.

Así se despidió de los hermanos con un abrazo simbólico, llevándose las manos a su boca para entregarles un óculo de amor de Cristo. El hermano Heriberto lo invitó a pasar a la parte de atrás del templo para ofrecerle un alimento antes de que, partiera para el aeropuerto donde tomaría el vuelo que lo llevaría a Medellín.