La oración Apostólica: En favor del Pueblo de Dios

(Coordinación de Crónica Apostólica) — El Viernes 6 de Noviembre, el Apóstol de Jesucristo, Naasón Joaquín García, acudió a la Casa de Oración de la colonia Hermosa Provincia a elevar su plegaria al Creador en favor de la Iglesia del Señor. El reloj marcaba las 4:33 de la mañana.

Ataviado con su uniforme blanco –combinado con el color aguamarina–, el Coro de Hermosa Provincia acompañó al Apóstol de Jesucristo en su oración, como cada mañana, en el interior del templo. 21 ministros y la Iglesia congregada –hermanas y hermanos que se contaban por centenas– se unieron a la plegaria apostólica con singular fervor, entre tanto se escuchaban las bellas notas de las alabanzas “Oh qué hermosa oración” y “Al amparo de la roca”, entonadas por el citado Orfeón.

A las 4:43 horas, el Apóstol concluyó su plegaria, saludó a los integrantes del Coro y salió de la Casa de Oración. A su paso, agradeció a los hermanos que le acompañaron, quienes se encontraban en el interior del templo y sus atrios, y otros más en las calles aledañas. “Dios les pague por acompañarme. Los llevo en mi corazón”, les dijo.

 

“Al amparo de la roca salvo estoy”…

En la puerta de su casa platicó con sus ministros. Ahí retomó, en su comentario, el himno “Al amparo de la roca”, que en una de sus estrofas dice: “Si a mi lado está el Señor no tendré ningún temor, al amparo de la roca salvo estoy”.

Trajo a la memoria el testimonio cuando la tempestad invadió la barquilla en la que Cristo y sus discípulos viajaban en el mar de Galilea. “Ese fue el ejemplo más hermoso que Dios nos dejó para confiar en el Él en los momentos de adversidad: cuando aparentemente Él no nos escucha, sin embargo Él está en todo tiempo con nosotros: nos oye y nos ve”, refirió.

En otro momento, invitó a la siguiente reflexión: “Somos hijos de Dios. ¡Si supiéramos la grandeza de ser hijos de Dios! Una grandeza única y exclusiva que ni aún a los ángeles Dios les dio esa gloria y majestad (Hebreos 1:5). Una bendición tan grande que, en ocasiones, ha hecho cambiar la voluntad de Dios. No nos hace ir en contra de la voluntad de Dios, no, jamás. Pero sí nos hace cambiarla”. Citó los ejemplos de Abraham, intercediendo por Lot ante la inminente destrucción de los moradores de Sodoma y Gomorra (Génesis 18), y a Moisés, cuando abogó en favor
del Pueblo de Israel (Éxodo 32).

 

La Iglesia del Señor: Firme y amparada en la Elección Apostólica

En el mismo tenor, recordó cómo Dios cuidó a sus hijos de las costas de Nayarit, Jalisco y Colima ante la inminente devastación del huracán Patricia el pasado 23 de octubre: “El que ha creído que la Elección de Dios continúa en la tierra sigue amparado. Acabamos de ver hace poco una manifestación del amor de Dios: una voluntad que fue cambiada de parte de Él no porque nos pusimos en contra de su voluntad. Le dijimos al Señor: ‘Usamos el derecho que como hijos tú nos has dado, y no venimos a decirte que cambies tu voluntad, solamente te pedimos: cuida a tus hijos.

“No fue que el viento se llevó poquito el huracán… La verdad es esta: ‘Dios escuchó a su Pueblo, escuchó el clamor de su Iglesia, escucho nuestra oración… ¿Y qué hizo? A las pocas horas de haber orado, a las dos de la mañana, recibo una llamada desde Puerto Vallarta y los hermanos de allá me dicen: ‘Ya estamos viendo las estrellas’. Esto, a pocas horas de haber orado. Y aquel huracán –que sí iba a destruir por lo menos toda las costas ­e iba a ser una situación muy triste, principalmente para la gente humilde– Dios cambia su propósito, porque dentro de este mundo también están sus hijos, y ellos claman, lloran, se amparan a la roca…

“Los Apóstoles se ampararon a la roca y en el momento en que ellos creían que estaban pereciendo, aquella tempestad se convirtió en calma. Esta es la confianza que tienen los verdaderos hijos de Dios.

“Aún en la muerte, al amparo de la roca estamos salvos, porque nuestra vida no se reduce a al corto periodo de setenta u ochenta años en este mundo: nuestra vida es eterna. Y la vida que Dios nos ofrece en el cielo no se compara –ni se puede comparar– a la vida que vivimos aquí en la tierra. La vida que Dios nos promete y a la que aspiramos vivir, es la eterna, a la diestra de Él, siendo semejantes al mismo Cristo, porque esa es la promesa del Señor: que lo veremos tal y como es Él, que estaremos donde Él está y que seremos semejante así como es Él.

Recordó la visión que Dios le permitió a Esteban antes de morir, cuando vio los cielos abiertos y al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Padre: “Este hombre justo veía el lugar al que él iba a ir. El lugar que Cristo le había preparado, no el lugar intermedio donde iba estar esperando un tiempo hasta que se juntará toda la Iglesia del Señor –ahorita se encuentra todavía en el seno de Abraham–, el Señor le mostró a donde iba a llegar, cuál iba a ser su última morada, que es el reino de los cielos. Porque el Señor nos hizo participantes, herederos y coherederos, es decir, que nos está compartiendo de su gracia”.

Destacó el caso de intolerancia religiosa que algunos hermanos vivieron en un pueblo de México, donde iban a ser linchados (a quienes ya les habían puesto la soga en sus cuellos), y a pesar de ello no renegaron de Dios ni dijeron: ‘¿Dónde está Dios? ¡Nos dejaron solos! ¡Nos dejaron abandonados!’ Ahí, en ese momento, en el último segundo de su vida, ahí se manifestó el poder y el amparo de Dios, porque en su mente seguían orando: ‘Señor, haz lo que tú quieras. Si así quieres que se acabe nuestra vida, aceptamos tu voluntad, y en tus manos nos encomendamos. Si tú quisieras librarnos, Señor, ayúdanos, pero sea hecha tu voluntad’. Y Dios cambia su voluntad, porque apelaron a una oración, a lo que ellos creyeron era esa roca. Porque en el apóstol Samuel Joaquín estaba la roca que era Cristo. Y si hoy ustedes creen que esa roca ahora está en mi persona, ampárense a la roca.

 

La oración intercesora del Apóstol de Jesucristo

En relación con la oración intercesora que eleva día con día por la Iglesia del Señor, el Apóstol de Dios la describió en el siguiente orden. Primeramente:

a) “En favor de mi familia: que Dios les dé fe, protección, cuidado y ánimo para seguir adelante”.

b) “En favor de los ministros: que el Señor los ayude a cada uno. A diario enfrentan diferentes situaciones y circunstancias en la vida, en sus iglesias, con los miembros… Todos los días se están enfrentando a luchas, pruebas y tentaciones. No están peleando contra carne ni sangre: su lucha es contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes (Efesios 6:12). Ellos representan a un batallón o pelotón espiritual, porque no solamente están defendiendo su propia fe: hay un grupo de almas que están a su cuidado y que confía en ellos”.

c) “En favor de la familia de los ministros: por sus compañeras y sus hijos. Que el Señor les ayude a ser compañeras idóneas a sus esposos y que sus hijos sean librados del mal y que en el ejemplo de sus padres, ellos vayan formando su propia fe (…) Qué bonito que es cuando llega un joven, hijo de encargados, y dice: ‘Quiero ayudar en la Obra’. Es el buen ejemplo que le inculcaron sus padres. Que enfrentaron problemas, sin duda, pero en todo estaba la fe y la confianza de su padre en esa roca firme que es Cristo. Por eso aquel joven dice: ‘No hay obra más noble ni pago mejor’”.

d) “En favor del Pueblo del Señor, quien también se enfrenta todos los días a pruebas y aflicciones. En la vida del cristiano no es solamente una vez en la vida en la que se enfrenta una prueba. Se levanta de un tropiezo y ya Satanás tiene enfrente el siguiente y así sucesivamente… Entonces, cada que el cristiano sale victorioso en la lucha se convierte en un triunfador, porque va de triunfo en triunfo. No puede darse el gusto de quedarse caído. Sale de una y entra a otra… ¿Y dónde está el Señor? Aquí está: en las fuerzas que le está dando para estarse levantando de cada caída y seguir adelante. ¿Hasta cuándo le va dar el descanso? Hasta el día en que nos habrá de decir: ‘Venid benditos de mi Padre al descanso eterno’. Ahí no habrá lágrimas, ni tristeza, ni dolor, ni angustia, ni persecución, ni pruebas… Ahí solamente será gozo”.

Y agregó: “¿A qué hombre de Dios no permitió que se le probará? ¿Qué hombre de Dios no tuvo que enfrentarse a situaciones difíciles? ¿Qué hombre de Dios vivió todo su tiempo sin ninguna prueba ni tentación ni lucha que Satanás pusiera su camino? Algunos vivieron en escasez, otros fueron echados a cisternas, con los cerdos, otros fueron perseguidos a muerte… pero todos ellos perseveraron leales y fieles confiando en el Señor”.

 

Guiar a la Iglesia significa protegerla, cuidarla e instruirla…

Antes de ingresar a su casa, el Apóstol Naasón Joaquín destacó: “Dios me puso en este lugar para dirigir a su Pueblo y Él me está usando para ser un depósito de su plenitud para seguir guiando a la Iglesia”. Y abundó: “Guiar a la Iglesia significa protegerla, cuidarla, ampararla, enseñarla e instruirla en todo lo que Dios quiere para ella”.

Así concluyó: “El Pueblo necesita de esta oración y está esperando saber: ‘Hoy se levantó el Siervo de Dios y oró por nosotros’. Mis hijos me necesitan. Ellos están esperando en mí. Aunque yo oro en el desayuno, en la comida, cuando viajo y en todo momento –y ahí Dios me escucha–, hay una oración que es exclusiva para el Pueblo de Dios: la oración de la mañana, cuando hablo con mi amigo y le digo: ‘Cuida a mis hijos, al Cuerpo Ministerial y a tu Pueblo que has puesto en mis manos. A todos danos de tu ayuda para seguir adelante hasta el último día de nuestra vida’”. Con estas sentidas palabras se despidió de los encargados, y agregó: “La paz del Señor sea con ustedes. Dios los bendiga”.

Fuente: Coordinación de Crónica Apostólica.