Mensaje apostólico a los jóvenes de Estados Unidos

(Coordinación de Crónica Apostólica) — El martes 13 de febrero de 2018, en el anfiteatro Glen Helen de San Bernardino, California, el Apóstol de Jesucristo Naasón Joaquín, se presentó ante miles jóvenes reunidos de los cincuenta estados de la unión americana y de las delegaciones invitadas, para celebrar la Santa Cena. Ante una multitudinaria juventud, cuya Obra de Dios está perfecta en sus corazones, el Apóstol deseó en su corazón presentarse ante ellos, al término de la oración de las tres de la tarde, que era presidida por el hermano D.E. Bigvai Estrada.

La presencia del Hombre de Dios en uno de los auditorios asignados para la juventud causó un revuelo enorme, de tal manera que aún los hermanos de la Iglesia en general que se percataron de la presencia apostólica corrieron presurosos para alcanzar a acercarse cuando menos a las puertas del lugar, en virtud de que el recinto estaba totalmente abarrotado de jóvenes.

“Yo vengo con un propósito, porque después de tomar mis alimentos de la tarde, se juntaron unos hermanos de los batallones que fueron mandados a diferentes lugares a levantar la Obra del Señor; y decían entre ellos: ´traemos una pequeña ofrenda… fruto de amor”. El propósito de su visita de esa tarde, obedeció a los sentimientos que aquello Batallones generaron en su corazón: orgullo por su trabajo y tristeza porque a veces se sienten solos y el enemigo ha querido desanimarles.

Dijo el Siervo de Dios que, un día antes habían hecho un conteo rápido… un número considerable para la Iglesia del Señor, pero que aún no alcanza a ser notorio conforme a la promesa de Dios: “hare notorio tu nombre por todo el mundo…”, y enseguida preguntó a los jóvenes “¿Qué hace falta para que la Iglesia del Señor sea notoria?”, señalando que el propósito de Dios de que haya Iglesia en el mundo no es para callar sus bendiciones sino todo lo contrario “De gracia hemos recibido esta palabra hermosa, de gracia tenemos que dar… Porque créanme hermanos: hay un grande Pueblo que Dios tiene en esta nación y en cada una de las naciones del mundo, solamente están esperando que alcemos la voz”.

 

La juventud se avergonzaba en otro tiempo

En su exhortación recordó que en su juventud le tocó vivir tiempos en los que había jóvenes y señoritas que se avergonzaban de su fe para no sufrir las afrentas que suponía ser miembro de la Iglesia, sin embargo, expresó: “Veo a una juventud que ahora se siente honrada, orgullosa, que al contrario de avergonzarse, trata de dar testimonio, y cuando les dicen ¿por qué vistes así? ¿tú eres de la luz del mundo?, responden: ¡Sí, yo pertenezco a la Iglesia del Señor! Eso es algo muy hermoso que mis ojos hoy lo están contemplando en esta época…”.

En un gesto de amor y valentía, el Siervo de Dios los instó a que no solo sientan orgullo por su fe, sino que además se comprometan a profesar la Elección que Dios ha hecho en este tiempo de salvación: “Qué bonito hermanos, lo llama el Señor, le pone su nombre de bendición, porque ese nombre representaba la Elección de Cristo, le promete que ese nombre iba a ser notorio, y no me refiero en si al nombre de Aarón, sino al nombre verdadero de Jesucristo, el nombre de la Elección, porque posteriormente, nuestro hermano Aarón dejó de existir y ya no predicábamos al hermano Aarón, predicábamos al Apóstol Samuel Joaquín, porque es el nombre que Dios da en los tiempos que él tiene para extender su gracia. Hoy dicen ustedes, quien los dirige es el Apóstol Naasón Joaquín, porque así ha sido el designio de Dios”.

Mas adelante señaló que el propósito de celebrar a partir de esta fecha, de manera permanente la Santa Cena, es para hacer notoria a la Iglesia del Señor en este país, pero para ellos es necesario manifestar al mundo las bendiciones que su pueblo ha recibido de parte de Dios.

 

Testimonio del hombre a quien Jesús devolvió la vista

Así mismo recordó el pasaje bíblico del hombre que había nacido ciego y a quien el Señor Jesucristo le devolvió la vista en un acto milagroso, después del cual los religiosos de aquel tiempo quisieron persuadirle para que negara la maravilla de Dios, argumentando que ellos sabían que Jesús era un hombre pecador, sin embargo y a pesar de ello; aquel hombre respondió: “Si es pecador no lo sé. Una cosa sé, que yo era ciego y ahora veo y que Dios no oye a los pecadores” (Juan 9:13-30); Yo ahora, te quiero decir y te quiero preguntar hermano joven, hermana señorita de Estados Unidos ¿De verdad tú crees, que ese Jesús de Nazaret, que ese Cristo que hizo tantos milagros, ese Cristo que hoy te tiene como su pueblo santo, tú de verdad crees que ese Cristo es el que me ha puesto a mí al frente de su Iglesia? Entonces yo te quiero invitar, que te unas a mi voz y que demos testimonio por todo el mundo, que gritemos al mundo entero: ¡Cristo vive y Reina para siempre!”

Enseguida les aclaró que aunque esta reunión ya es multitudinaria, aún la Iglesia no es notoria en este país, que los que se asombran son los de alrededor porque ven el movimiento de entrada y salida, pero ellos no son todos “…, pero créeme, esta Iglesia tiene que brillar, esta iglesia va a ser notoria… Dios me ha mostrado un grande Pueblo en este lugar, una grande Iglesia que por todas las carreteras de esta nación se mostrará hermosa, grandiosa, pero para ello debe de haber un inicio y ese inicio es tu testimonio”.

 

Joven: esfuérzate y sé valiente

Finalmente, con espíritu enardecido con la fe que lo caracteriza, hablo a los jóvenes reunidos en este lugar recordándoles que Dios siempre ha estado con su Pueblo en todas las batallas, que cuando Gedeón iba dirigiendo al Pueblo para la batalla Dios, le dijo que aquellos que tuvieran temor se devolvieran a sus aldeas y después de eso, llevó a los que quedaban para hacer una última prueba de valor que consistió en llevarlos a beber agua del río, indicándole que solamente los que bebieran el agua como bestias, se quedaran a la guerra y solamente con 300 hombres. Gedeón ganó aquella batalla.

“Yo no veo 300 en este lugar, yo veo miles de manos que se levantan, y yo te digo hermano joven de Estados Unidos: ¿De verdad crees que Dios me ha puesto?, entonces es tiempo de levantar nuestra espada, que tiemble el averno porque de esta fecha en adelante esta Iglesia crecerá, solamente nos esforzaremos y seremos valientes y comprobaremos que Jehová en todo lo que hagamos nos dará la victoria”.

De esa manera se despidió de su juventud, instándola para que en dos años vean cumplida la promesa de Dios y juntos pagar votos a Jehová: “Porque yo sí creo que Dios te ha de engrandecer. Espero entonces que unidos a su Hermano Naasón y en esa confianza, cada uno de vosotros, se convierta en un testigo y que no descansemos hasta que por lo menos traigamos a un alma a la Iglesia de aquí a dos años. Si Dios te concede pronto traer un alma, Dios está contigo, sigue predicando para que no sea un alma, sino dos, tres, sean cuatro… y tú veas como Dios nos bendice cuando de nuestra parte hay ese esfuerzo y esa confianza en Dios”.

“Jóvenes yo quise venir con vosotros, porque vuelvo a repetir: aunque me dio tristeza escuchar: a veces el enemigo nos ha querido desanimar, yo dije: no, no voy a permitir que se desanimen, sé que los jóvenes me van a apoyar, yo quisiera hoy como Gedeón decir: quien tenga miedo, quien tenga vergüenza de ser miembro de la Iglesia, que se vaya, para que no absorba este compromiso, pero el que se quede en este lugar, vamos a sellar este compromiso con una oración, le diremos al Señor: ¡Señor, si tú has levantado a tu Siervo Naasón, tu pondrás en mi corazón ese amor, ese coraje espiritual y entonces veremos tus maravillas como hasta el día de hoy lo hemos visto!”.

Antes de despedirse pidió que entonaran el canto 473: “Salid valiente oh batallón de Israel”, que en su coro refiere: “Ya las huestes de Jehová ya se preparan a luchar contra satán, ya valientes ya se miran sus soldados, sus espadas empuñad, aunque sangre de los mártires nos cueste derramada quedará, en los campos en trincheras, ya sellado, siempre el evangelio quedará”, y selló el compromiso con una oración infundida de valor: “Ahí en tu escuela, tu barrio, tu familia, tus amigos, les vas a decir: Yo pertenezco a la única Iglesia de Dios, semejante a aquella mujer samaritana, les dirás: Vengan los invito para que oigan el evangelio de Cristo y deja que el Señor se encargue de lo demás…”.

Fuente: Coordinación de Crónica Apostólica.

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