Presentación Apostólica en París, Francia

(Coordinación de Crónica Apostólica) — El domingo 10 de julio de 2016, el Excelentísimo Apóstol de Jesucristo, Naasón Joaquín García, concluyó la séptima etapa de su gira universal, con una solemne presentación ante la Iglesia radicada en París, Francia, ubicada en L´Hay-les-Roses, en el distrito Ile de France, a media hora del centro de París.

Esa mañana el D.E. José Luis Prats, dio inicio al culto de adoración en espera del insigne visitante. Iglesia, ministros y un orfeón de Barcelona aguardaban el arribo. A las 10:30 de la mañana hizo su entrada el Apóstol de Dios, quien fue recibido por pequeño grupo de niños, que ondeaban banderas francesas en señal de bienvenida a ese histórico país, al tiempo que Iglesia desbordaba su júbilo glorificando al Señor mientras él Ungido de Dios saludaba a su paso a todos los presentes, con una hermosa sonrisa y palabras de júbilo espiritual.

Tras acompañarlo en una oración de acción de gracias a Dios por este primer y emblemático encuentro, los hermanos entonaron un himno de bienvenida y su ministro a cargo, el hermano Rubén A. Ramírez Méndez, dirigió a nombre de todos los presentes, un mensaje en el que habló de la inmensa felicidad y paz que la presencia del Embajador del Reino de los Cielos les llevaba, “porque el brillo de sol de bendición los estaba iluminando en sus almas”.

 

Francia: el tiempo de alargar sus estacas

“Que la paz de Dios vuestro Padre, que la comunión, la Gracia y el Amor de su Hijo amado Jesucristo el cual me ha traído a vosotros este día, permanezca y more en vuestros corazones”

Inició su plática de esa mañana diciendo que su presencia en ese lugar era la demostración del amor de Cristo a las almas y que él como servidor, venía cumpliendo una orden de Dios para ser consolación a la Iglesia, para anunciarles la seguridad y el consuelo en ese encuentro que representa un parteaguas, como parte de esta nueva era apostólica: “Tu tiempo ha llegado; tiempo de alargar tus estacas, tiempo de extender tus tiendas, tiempo de abundancia espiritual, pues Dios así lo ha dispuesto”.

Acto seguido, invitó a entonar la alabanza: “Firmes y adelante, huestes de la fe”; como un mensaje a la Iglesia local, para que no exista temor al pensar que son pocos en número. Tomo el ejemplo del profeta Elías, cuando ordena a su criado mirar hacia el cielo en busca de alguna señal de lluvia y este solo ve a los lejos una pequeña nube semejante a la palma de la mano de un hombre, pero que representaba una gran lluvia como bendición de Dios para una tierra en la que no había llovido durante tres años. “Así se manifestará la bendición de Dios en este país –dijo; grande, hermosa, abundante”, en virtud de lo cual, era tiempo de luchar, de caminar con firmeza, de esfuerzo en la predicación del verdadero evangelio de Cristo.

Al término de la alabanza, señaló que ésta refleja la fe y el ánimo espiritual de los hermanos radicados en Francia, quienes no se encuentran amedrentados sino todo lo contrario, en ellos también está el arrojo y el ánimo en esta Nueva Era de bendición para todas las naciones; porque la Iglesia va de triunfo en triunfo sin lugar ni posibilidad de fracaso, toda vez que ésta es levantada por Dios.

 

Dios de promesas cumplidas

Enseguida dio realce a las palabras de la estrofa cuatro: “de los ya gloriosos marchemos en pos…” para refirir que el tiempo del apostolado del hermano Aarón Joaquín fue una época difícil, donde los primeros creyentes al evangelio fueron perseguidos, despreciados y relegados por la sociedad, porque eran pocos y de oficios humildes pero no por ello débiles, al contrario, cada día iban fortaleciéndose en la confianza que tenían en la Elección de Dios, “¡firme estaba la Iglesia en 1964!” –exclamo con júbilo espiritual. En el ministerio del Apóstol Samuel Joaquín, su esfuerzo y trabajo en más de cincuenta años logró la aceptación y admiración en la sociedad que se hoy se pregunta con admiración: “¿Quién ésta que se muestra como el alba, hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden…?” (Cfr. Cantares 6:10)

Manifestó que así como ayer, hoy esta la promesa hecha por Dios en el actual ministerio, de multiplicar aún más a su pueblo, y que con la misma seguridad con que Josué y Caleb creyeron al cumplimiento de la promesa de Dios acerca de la tierra prometida, así él cree firmemente en el cumplimiento de esta y animó a los hermanos a marchar en pos de aquellos que ya padecieron, que comenzaron la lucha, sin miedo, los que triunfaron al lado de los apóstoles Aarón y Samuel Joaquín. “Ten confianza, yo soy Naasón Joaquín, Siervo del Dios vivo y Apóstol de Jesucristo… también nosotros saldremos victoriosos”.

En la culminación de la séptima etapa de su gira universal, dijo que era muy necesario estar presente en todos los lugares donde la Iglesia se ha establecido para bendición y crecimiento en el cumplimiento de las promesas que Dios le dio aquel 8 de diciembre del año 2014; precisó que en el tiempo de la Restauración la Iglesia ha habido tres etapas o administraciones apostólicas, que a muchos hermanos les ha tocado vivir, así como ministros que fueron tomados para el servicio en el ministerio, desde el tiempo del hermano Aarón Joaquín, los cuales han expresado la admiración y alegría que sienten al mirar hacia atrás y ver cómo Dios cumplió su promesa que hizo al primer Apóstol contemporáneo, aquél 6 de abril de 1926, de la misma forma que sigue cumpliendo y cumplirá todas y cada una de ellas, “…es en cada uno de los hermanos ese cumplimiento, en su fortaleza, en la fe, en el ánimo, en la predicación que cada uno lleva a las almas, sin temor a la burla o al escarnio”.

 

El estado de libertad es adquirido por el conocimiento de la verdad

Dio inicio a su tema, que denominó: Los Hijos de la Libertad, tomando como base, las palabras del divino maestro escritas en Juan 8:32 “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”, profundizando en el significado de pertenencia a la Iglesia del Señor, que consiste en analizar el pensamiento que debe asumir quien le ha tocado vivir en tiempo aceptable y haber conocido a un Apóstol de Jesucristo.

Para ello dio lectura en 2ª Tesalonicenses 2:7: “Porque ya está en acción el misterio de iniquidad, solo que hay quien al presente lo detiene…” y explicó, que en ello radica la importancia de un Enviado de Dios sobre la faz de la tierra, pues su ministerio consiste en detener el engaño de satanás; enemigo de Dios que busca quitarle su gloria y entorpecer la verdad con la mentira para que no se adore al Creador. La verdad de Cristo en un Hombre de Dios frena esa obra satánica sin permitirle oportunidad de avance.

Más adelante explicó que el estado de Gracia, el de la Libertad, es adquirido por el conocimiento de la verdad, que trae el Evangelio de Jesucristo, conocimiento que libera de la mentira, del engaño y de la oscuridad del fanatismo. Como ejemplo citó el tiempo de oscurantismo en el que la gente fue obligada a inclinarse a lo que por naturaleza no es Dios, a obrar sin razón bajo los instrumentos de torturas, suplicios, y hasta pena de muerte; todo ello basado en dogmas, en deducciones e interpretaciones personales. “Eso es la esclavitud, -señaló. Y muchos hermanos estaban en esa situación antes de llegar al conocimiento de la verdad, pero hoy pueden decir que son libres”.

Sin embargo, -aclaró el Apóstol; existe otro grupo de hermanos en la Iglesia de Cristo, nacidos en libertad, cuyas rodillas nunca se han inclinado a dioses ajenos, quienes nunca han conocido lo que es la esclavitud de la ignorancia y del pecado; esos hermanos “nos convertimos en Hijos de la Libertad”, es decir; los que ya han nacido en la Iglesia, han nacido libres, crecidos y educados en la verdad que les infundieron los padres, la enseñanza de la verdad de Dios. Aclaró que tanto el que fue libertado como el hijo de la Libertad, tienen el mismo valor, pero a diferencia de los que se convirtieron al camino del Señor; los nacidos en el pueblo de Dios, han tenido esa bendición de no conocer la maldad, ni la esclavitud espiritual.

 

Historia de la esclavitud de Israel

Para entender y valorar la bendición de nacer en esa gracia, el Apóstol de Jesucristo recordó lo que aconteció con el pueblo de Israel en su llegada a Egipto: Cuando fueron invitados por José a quedarse en Egipto para trabajar a cambio de pan; el pueblo de Israel se multiplicó de tal forma que de ser una familia se convirtieron en un gran pueblo, que el nuevo Faraón (que no conoció a José), sometió con dureza. (Cfr. Éxodo 1:8)

Explicó, que por 430 años Israel fue reducido a servidumbre. En ese tiempo pasaron de once a catorce generaciones, las cuales olvidaron lo que era ser libres; generaciones de israelitas que fueron tratados como esclavos, sin derechos ni consideración alguna. Nacieron, crecieron y murieron en la esclavitud. Tras 430 años de sometimiento, Dios envió a Moisés para liberarlos, realizando grandes prodigios y manifestaciones, mostrando su magnánimo poderío. (Cfr. Éxodo 12:40)

Al relatar esta magnífica historia, invitó a leer el libro Números capítulo 11 versos 4 y 5: “Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera de comer carne! Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto…” para demostrar que aquellos que no eran hebreos y aprovecharon la oportunidad de unirse a los israelitas, -porque seguramente eran esclavos-, fueron aceptados por el pueblo, ignorando que serían la causa de su propia ruina, influenciado con muchos lamentos su ánimo para regresar a Egipto, porque habían olvidado los padecimientos de la carga impuesta por Faraón, quien en su inhumanidad llegó a ordenar la muerte de los hijos varones de Israel.

 

La razón de la cobardía

En su ponencia -argumentó el Siervo de Dios: Tenían razón en llorar los del pueblo de Israel. No conocían la libertad y en su primera prueba desfallecieron, se juzgaron vencidos. Cuando estuvieron frente al mar con el ejército egipcio detrás, quisieron apedrear a Moisés y Aarón, ante la impotencia que sentían por no saber pelear, ni combatir o tomar una espada. Cuando el Señor los saca de esa esclavitud, les prometió una tierra donde en sentido figurado fluía leche y miel, pero a pesar de haber visto con sus propios ojos los prodigios de Dios, se acobardaron con las noticias que trajeron los espías enviados por Moisés para reconocer la tierra de Canaán. Preferían volver al maltrato que ser libres, la esclavitud que pelear por su libertad. (Cfr. Números 13.27)

Así mismo, señaló que la causa el doble ánimo en ellos, se acrecentó al prestar oído a los espíritus débiles y medrosos, según lo narra el libro de Números 14:1. Aunque Dios les prometió libertad y una tierra mejor, el pueblo ya estaba llorando derrotado sin intentar siquiera pelear… “Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto…” –era su expresión; paradójicamente al sentir manifestado en Caleb y Josué, quienes dejaron un ejemplo digno de recordar, por intentar motivar y hacer confiar al pueblo, plenamente en el poder de Dios. Por esa cobardía descubierta en Israel, Dios los castigó no permitiéndoles entrar a la tierra prometida y dejándolos vagar por el desierto durante cuarenta años, hasta que esa generación medrosa se extinguiera de en medio de ellos.

 

Los hijos de la libertad

Tras la extinción de la generación de esclavos, nació una nueva descendencia, a la que el Apóstol y Maestro denominó: Hijos de la libertad, en virtud de que ellos ya no conocieron la esclavitud. A diferencia de sus padres, quienes por haber llevado a Egipto en el corazón no supieron valorar la libertad que Dios les había otorgado por mano de Moisés, los hijos cambiaron los arados por espadas, los azadones por escudos; se volvieron guerreros para sobrevivir en el desierto y no aceptaron ser sometidos por nadie; aprendieron a pelear y a concebir estrategias de guerra y de sobrevivencia, sostenidos por la gracia de Dios quien en todo tiempo estuvo con ellos para protegerlos y ayudarlos. Con su ayuda arrojaron a los moradores de la tierra prometida, acabaron con los gigantes y conquistaron la heredad de Dios.

¡Qué dolor y tristeza! –exclamo el joven Apóstol, con la generación anterior que no comprendió la libertad que Dios quiso darles, los beneficios que él había preparado para ellos, por medio de Moisés quien creía que sus hermanos comprendían que Dios les daría su libertad por mano suya; pero ellos no lo habían entendido así. ¿Por qué? -Pregunto, y la respuesta la dio en el verso 39: porque tenían a Egipto en el corazón, por ello no pudieron creer a las palabras del Siervo de Dios. (Cfr. Hechos 7:25-39)

En su mensaje de salvación, el Varón de Dios exhortó no solo a la Iglesia de Francia, sino a toda la Iglesia esparcida en el mundo, la cual –dijo, en su mayoría son Hijos de la Libertad, porque no tienen raíces en el mundo, es una generación que no conoció la maldad ni el error; nacidos y crecidos en el desierto, formados como guerreros, que fueron enseñados por el apóstol Samuel Joaquín a amar la libertad y a combatir por la fe del evangelio; “Nacimos libres y libres permaneceremos o moriremos en la demanda de esta libertad”, fueron sus palabras.

Trajo a la memoria, que el Apóstol Samuel Joaquín no enseñó a ser cobardes, ni amedrentarse, ni a temer a los gigantes. En ese recuerdo que como hijo tiene de él, alude que siempre fue un hombre gallardo, guerrero, decido, valiente, quien siempre incitó a su pueblo a seguir adelante y en una solemne evocación dijo categórico: “¡Que jamás tus rodillas se doblen ante aquello que por naturaleza y por su origen no puede ser Dios, que jamás tus labios se cierren para adorar a ese Dios Vivo, que jamás tu boca se selle para dar testimonio de este hermoso Evangelio verdadero!” y solicitó que la Iglesia repitiera las siguientes palabras con él: “Que nuestra lengua se pegue al paladar y nuestra diestra pierda su destreza, si nosotros nos olvidáramos que somos hijos de La Libertad”.

Más adelante, el Mensajero de Cristo, alentó a no olvidar que la confianza es en Dios, el cual es la espada, el escudo, el protector, el defensor de su pueblo, la ola espiritual que arrasa contra todos y con todo. “Dios ya me ha dado más de un Josué y un Caleb en los más de siete mil jóvenes que se registraron para salir a la batalla”. Señaló a varios ministros que siendo jóvenes, (algunos menores de edad incluso), comenzaron a trabajar en la Viña del Señor. A uno de ellos su propia madre le preguntó ¿a qué iba a la Misión si no sabía hacer nada?, no por desánimo, sino porque conocía a su hijo, que carecía de conocimiento académico y debido a su corta edad, no sabía cómo sortear las dificultades de la vida. “Sí” -dijo el Siervo de Dios- tenía razón aquella mujer, porque tal vez venía de la esclavitud.

Aquellos jóvenes sin escudo, ni espada, los envió el Siervo de Dios a enfrentarse a un gigante, como el ejemplo de aquél mancebo que lleno de celo e inflamado de la ira de Dios, se enfrentó a ese hombre enorme que afrentaba al ejército de Israel, y lo derroto armado solo con una honda y con piedras, porque su confianza estuvo en Dios y no en su capacidad, ni en su destreza. Así es la seguridad de aquellos que no consienten ni permiten el fracaso, porque los hijos de Dios van de triunfo en triunfo, en ellos no hay posibilidad, ni forma de pensar en la derrota, tienen un solo pensamiento: ser como la luz de la aurora, de aumento en aumento… porque Dios que es el que da el triunfo.

Enseguida dijo que en los lugares donde ha estado, (Bélgica, Alemania, Italia) vio grupos pequeños de hermanos, pero que lejos de amedrentarse, al ver esos grupos se ha enardecido y su presencia ha sido para retar a satanás, “en el nombre de Jehová de los ejércitos el cual le prometió que su pueblo crecería aún más” y seguidamente preguntó a los hermanos de estos países, si estaban dispuestos a ser esas piedrecillas que no tienen forma, ni estudios o capacidades humanas pero que son dirigidos por el Espíritu de Jehová para derribar al gigante y culminó “Europa, tu tiempo ha llegado”.

Las palabras apostólicas fueron de ánimo, para que como piedrecillas de Dios se dejen dirigir por él, para que saquen sus redes y las almas vengan en abundancia, “solo esfuérzate, -aconsejó- y sé valiente para que Dios no te avergüence, porque el día que se amedrenten, que digan que no se puede, ese día Dios los va abandonar, porque él no es Dios de cobardes, ni de medrosos, ni de débiles”.

Antes de despedirse les recordó que ellos eran parte de la promesa hecha por Dios a él y que no quería experimentar lo que sufrió el Siervo de Dios Moisés, pensando que los hermanos creen en él, cuando no es así porque su corazón sigue arraigado en el mundo y manifestó su deseo de salir con la seguridad y certeza de un pueblo que en verdad ha creído en él como escogido y Enviado de Dios; que del mismo modo como creyeron en el hermano Aarón, el hermano Samuel, crean en él. “¡Qué tiemble el averno! -exclamó, y que se llene de temblor porque la Iglesia del Dios Vivo seguirá marchando hasta la venida del Señor Jesucristo”.

 

Despedida

Al término de su exposición doctrinal, el Apóstol de Jesucristo invitó a la Iglesia a entonar el himno 473 como un compromiso para seguir adelante: “Salid valiente oh batallón de Israel…” Pidió cantarlo como grito de guerra, semejante al grito de David: “Yo me enfrentaré a ese gigante. Yo acepto el reto, y el reto, es llevar la libertad por medio de la verdad de Jesucristo”.

Al finalizar el himno evocó las palabras dichas cuando concluyó la batalla de Jericó: “Y no hubo día como aquél, ni antes ni después de él, habiendo atendido Jehová la voz de un hombre, porque Jehová peleaba por Israel, -e imploró al Altísimo-, así sea en esa nueva Era.

Finalmente dirigió unas palabras a las Iglesias visitadas en esta séptima etapa de su gira universal: “No estáis solos mancebos, David espiritual, no tengáis temor, porque más fuerte es el que está con vosotros, más son los que están con nosotros que los que pelean contra vosotros y la victoria, Dios nos la ha garantizado….Tu tiempo llegó” e inmediatamente invitó a los presentes a orar para agradecer a Dios ese tiempo permitido y con ello, concluir así una etapa más de este libro donde se escribe su historia: “Que Dios enardezca el corazón de todo su pueblo como un solo hombre, como hasta el día de hoy su hermano lo ha visto, sigamos predicando y llevando la verdad del Evangelio”.

Al concluir su oración les recordó que su fuerza no está en el conocimiento humano, ni en la edad ni tamaño de la persona, en el color de la piel, sino que el éxito y triunfo está en Dios y en su Hijo Jesucristo, para que no se desanimen de las críticas que siempre el mundo ha hecho desde el tiempo del hermano Aarón Joaquín como primer Apóstol en esta Era de la Restauración de la primitiva Iglesia cristiana. “Porque a Dios le da lo mismo dar la victoria con pocos que con muchos”.
De esa manera se despidió de sus hijos residentes en Francia, dando tiempo para saludar a cada uno de los hermanos, incluyendo a los niños, a los cuales tomó tiernamente de sus cabecitas prodigándoles palabras de bendición mientras los pequeños lo miraban con sus mejillas bañadas en lágrimas. Los hermanos de Francia disfrutaron de las caricias paternales, se unieron todos en voces de júbilo y expresiones de felicidad. Por la tarde, en una ceremonia especial, bajó a las aguas del bautismo la hermana Amelia Bernal quien vino desde Bruselas, Bélgica, siguiendo al Apóstol de Dios.

Fuente: Coordinación de Crónica Apostólica.

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