Saludo al Apóstol de Jesucristo

Al término de la escuela dominical, mientras los reunidos escuchaban al orfeón integrado por los hermanos de Londres y respirando aún el aroma que deja en el ambiente la presencia de un hombre de Dios, el Ungido del Señor indiscutiblemente movido por el inmenso amor al que hizo referencia en su saludo inicial, mandó decir a todos aquellos que ahí se encontraban que saludaría de manera personal a cada uno de los miembros de la Iglesia y también a los visitantes que así lo desearan. Es oportuno señalar que todas las visitas que asistieron a la Escuela Dominical, pasaron a estrechar la mano del que Dios ha enviado.

Los hermanos se formaron velozmente, el coro cantaba: Nardo de Justicia y Gloria es, canto cuyas iniciales coinciden con las del nombre que estimula esta emoción en los corazones que aceptan su elección, Naasón Joaquín García. El Encargado local, hermano Misael López junto con su familia, fue el primero en participar de esta grande bendición, el coro secundó el saludo para seguir entonando alabanzas pero ahora con un fervor espiritual que contagiaba a aquellos que a escasos dos metros estaban experimentando exactamente el mismo sentimiento de bendición divina.

Durante el emotivo saludo hubo diversas manifestaciones características en un acto de esta naturaleza, recurrir a los ejemplos bíblicos no es necesario para los que, bendecidos por Dios, viven en esta hermosa realidad; sin embargo, cuando las personas ajenas pasaron a saludarlo también en ellos hubo lágrimas que brotaron a causa de un sentimiento hasta ayer desconocido para ellos, pues no era dolor, ni tristeza. Sin saberlo, la impresión de sus corazones en ese momento, no era otra cosa sino el cumplimiento de una promesa que Dios hizo a Naasón Joaquín el día 8 de diciembre del año pasado. Hace apenas cinco meses y veintitrés días.

Un joven ofreció su vida y su preparación académica “Inglaterra le ama” –expresó al Apóstol de Dios-, algunas hermanas lo saludaban dirigiéndose a él en lenguas angélicas, de esas que hablan los que han creído en el Señor Jesucristo cuando reciben el Espíritu Santo; un hombre totalmente ajeno a estas bendiciones sucumbe ante El Siervo de Dios y le agradece su presencia en este lugar, no llora pero indiscutiblemente Dios toco su corazón. Al pasar los niños el Apóstol tocaba sus cabezas y los bendecía, como Cristo lo hizo.

Una hermana pasó con su hija enferma, postrada en una silla de ruedas, al verla el Ungido de Dios, dio un paso hacia su silla puso su mano en su cabeza para bendecirla; los ahí reunidos se conmovieron al ver ese acto y todos glorificaban a Dios, “Dios los bendiga, los llevo en mi corazón, Dios siga perfeccionando esa hermosa obra en vuestros corazones” -les decía el Padre en la fe-, mientras ellos gozosos pasaban al altar para dar libertad a sus almas henchidas de gozo espiritual.