Visita Apostólica a la iglesia de Suba

(Coordinación de Crónica Apostólica) — Finalmente y en medio de una copiosa lluvia, el Apóstol de Jesucristo fue a visitar a una pequeña iglesia conocida como Suba, cuyo ministro es un joven llamado Kenier León, quien junto con los hermanos aguardaban la llegada de la insigne visita en la segunda planta de un apartamento que tienen habilitado como Casa de oración, mientras construyen un templo más grande en otro terreno que ya adquirieron cerca del lugar.

Al arribar el Apóstol de Dios al pequeño aposento, la bendición divina se desbordó en ese lugar. Al igual que en las demás iglesias, aquí también había visitas, pero quizá por lo pequeño del lugar se pudo observar como la bendición de Dios también se hizo sentir en sus corazones, porque las lágrimas que rodaban por sus mejillas daban fe de la obra que solo Dios hace.

“Vengo a Colombia con los jóvenes, para invitarlos a la Obra, porque Colombia es un país muy grande y aún falta luz en el mundo, pero no quise perder la oportunidad de venir a verlos, de decirles: Aquí está su hermano Naasón” dijo a los hermanos que, lloraban de alegría al contemplar en su pequeño templo, al Hombre de Dios que personalmente estaba con ellos esa noche.

Continuó: “En vosotros Dios va a fortalecer el ministerio que me ha dado”. Dos de las vistas que se encontraban presentes, no cesaban de llorar con su mirada puesta en el Apóstol. En ese momento el hermano preguntó a los oyentes: “¿Tú has creído que tu hermano Naasón es en verdad Siervo de Dios?” las personas que se encontraban allí, también levantaban sus manos y decían “Amén” con evidente convicción espiritual.

“La bendición que su hermano Naasón ha traído a este lugar, Dios me la ha puesto para derribar y también para construir, vengo a formar una fe, una esperanza en todo el mundo, porque faltan muchas almas, yo no puedo ir puerta por puerta, pero le digo al Señor: Señor tú me has dado hijos…” Con este consejo, motivaba a los hermanos de la pequeña iglesia de Suba, “Te quiero recordar como a Timoteo, porque un verdadero hijo se une al trabajo de su padre…puedo decir que lo mío es tuyo y lo mío es todo lo de Dios…”.

Enseguida, refirió el mensajero, la alabanza titulada “Mi Señor y rey” que en su coro refiere: “Bendice Oh Señor el talento que me has dado y multiplícalo…” para pedirles que salgan a las calles y prediquen esta verdad. El Apóstol se alegró con los hermanos porque observó que aunque es una iglesia pequeña, está hermoseada, “pero pronto me darás una buena noticia: Habrás crecido. Pero tienes que trabajar… Créeme, la palabra que Dios me dio, la veréis cumplida en las almas que vendrán” –aseguró.

“El Alto Dios te acompañe y prospere en este logro. Hermanos jóvenes, allí nos vemos en Medellín” fueron sus últimas palabras al descender de su ministerio donde a diferencia de las demás iglesias, aquí habló sin micrófono.

Cuando el Apóstol se despidió de los hermanos, al dirigirse hacia afuera, dos niños que estuvieron presente en cuyos rostros se evidenciaba la bendición de Dios, se acercaron a él y él los tomó de sus cabecitas para darles su bendición; entonces uno de ellos como de ocho años de edad, le dijo: “Papá Naasón, ¿le puedo dar un abrazo?” con una sonrisa de amor que hizo glorificar a todos le dijo que si, dando paso a un acto hermoso, en donde abrazados el Varón de Dios preguntó al pequeño: “¿Quieres ser de mis batallones?” y con un llanto incontenible en su corazón, el pequeño le respondió afirmativamente.

Así culminó su primer recorrido de ese día en la capital colombiana, siendo aproximadamente las nueve de la noche.