Visita Apostólica a las iglesias de Bosa y Paraíso

(Coordinación de Crónica Apostólica) — El jueves 4 de octubre, como punto final de su recorrido por la mayoría de las iglesias establecidas en la capital colombiana, el Apóstol se dirigió hasta la municipalidad de Bosa, donde en una pequeña casa adaptada como templo, se reunieron los hermanos de Bosa y El Paraíso, quienes por lo pequeño del lugar, llenaron el pequeño templo y bloquearon la calle frente al mismo.

Esta visita estuvo plagada de peculiaridades, quizá por ser tan pública, pues no solo las personas invitadas como visita estuvieron presentes en la presentación apostólica, sino que una multitud de personas vecinas del lugar y aún los transeúntes que pasaban por el lugar en el momento del arribo apostólico, observaron con cierta extrañeza los acontecimientos de esa tarde.

Ante el arribo del Apóstol Naasón cerca ya de las tres de la tarde, los hermanos manifestaron públicamente en toda la extensión de la palabra, la obra que Dios ha hecho en sus corazones. Ante gente apostada en las banquetas, los ventanales de su casa y en la calle misma, el Siervo de Dios arribó en medio de una copiosa bendición de Dios en sus hijos de ese lugar. Comenzó a manifestar su experiencia durante los recorridos que había hecho en las demás iglesias por ver la prosperidad de Dios.

“Pero yo veo con celo que aquellos gigantes se burlan de nosotros y creen que en algunos lugares todavía, donde nuestra Iglesia es pequeñita, que hasta ahí llegó la Iglesia del Señor, pero no, ¡yo creo en esa palabra que me la dio un Dios Vivo, un Dios poderoso!, y lo que me ha prometido, lo ha cumplido” –señaló.

Enseguida exaltó el poder de Dios desde el inicio de la creación, quien hizo todas las cosas que nuestros ojos pueden ver, como el sol, la luna, las estrellas y los mares porque es un Dios poderoso, para enseguida enfatizar que Dios sigue siendo el mismo y por lo tanto el poder de Dios se seguirá manifestando en su pueblo “Dios creó el sol y las estrellas, este mundo, los grandes mares, los lagos y los bosques porque nuestro Dios es un Dios Poderoso, no vine solamente para conocerte, sino a decirte que la bendición de Dios continúa”.

Finalmente exhortó a los hermanos, a llevar una vida de buenas obras: “Nuestra Iglesia la va a prosperar Dios con vuestra vida, conducta, hablar, vestir para que así el mundo, viendo vuestras buenas obras den la gloria a Dios… Adelante huestes de la fe, porque la victoria es nuestra, Jehová de los ejércitos dará la victoria”.

Como la voz del Apóstol del Señor se escuchó en toda la calle, la gente que observaba permanecía callada, al atestiguar las manifestaciones de adultos y niños, quienes literalmente en medio de la calle derramaban sus lágrimas y de rodillas hablaban en lenguas angélicas. Algunas de esas personas fueron conmovidas y se esperaron hasta ver cuando el Apóstol se despidió de los hermanos y salió del lugar.

Una mujer de nombre Luz Estela Aceves que, desde la acera frente al templo pudo contemplar muy bien al Ungido de Dios, se acercó a él antes de subir a su camioneta, al saludarlo le hizo una petición en voz tenue y le mostro a una de sus hijas que al parecer tiene alguna enfermedad: El Apóstol de Dios puso su mano en la cabeza de la niña y dijo a la mujer que tuviera confianza que Dios se iba a manifestar en ella, para que también ella diera testimonio. Aquella mujer llorando le agradeció y lo se despidió de él, ante un pueblo que levantaba sus manos para desearle bendiciones.

Una de las personas que estaba en la esquina en una silla de ruedas observando todo, preguntó a uno de los ministros ¿Quién era ese hombre? El ministro le dijo que era el Apóstol Naasón Joaquín, el Director Internacional de la Iglesia La Luz del Mundo y al mismo tiempo le preguntó al paralítico ¿Qué sintió al verlo?, el hombre explicó al hermano que, él fue diagnosticado con paraplejia desde hace muchos años, razón por la que su cuerpo no puede sentir nada; sin embargo, esa tarde “al ver a ese hombre, yo sentí lo que ustedes sienten cuando se les entume el cuerpo” –dijo, extrañado de que, su cuerpo insensible, estuviese sintiendo ese cosquilleo recorriéndolo en su totalidad.

El hermano que hablaba con él lo invitó para que asista a las oraciones con los hermanos, cuya respuesta fue afirmativa y posteriormente platicaba con otra mujer que estuvo presente y cuestionaba de dónde venía “ese hombre” y tras la respuesta del parapléjico dijo la mujer: “pues hay que ir a la iglesia”.

Así, entre los abrazos fraternos de mutua felicitación que los hermanos sostenían en la calle tras la partida de su padre en la fe, el Apóstol concluyó su estancia de bendición en Bogotá, dejando un rastro indeleble en el corazón de sus hijos, quienes seguramente nunca olvidaran este día.